#BuenosCiudadanos


 

G-Construcción

“Bon citoyen”

Autor: Hno. Aureliano Brambila de la Mora

Fecha: 16 de septiembre de 2002

Fuente: Centro de Estudios del Patrimonio Marista [on line]

La pedagogía marista, aplicación de la espiritualidad marista en la misión educativa, desarrolla y armoniza valores intrínsecos de las cuatro relaciones de la persona: consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios.

[A continuación se presentan extractos de cartas de San Marcelino Champagnat donde utiliza el término ciudadano. En la columna izquierda está el original en francés, la traducción al castellano a la derecha.]

(PS 008, 02-07, Lettre à DEVAUX DE PLEYNE ALEXANDRE, MAIRE, 1827-08):   La somme de douze cents francs est déjà bien modique pour faire face aux frasi que demande   l’entretien de nos trois frères dans une commune. La reduire encore, c’est, ce me semble, leur arracher, je ne dis pas, le triste salaire du plus ingrat et du plus pénible emploi d’un citoyen, mais même leur paurvre et dégoutante nourriture.

(PS 008, 02-07, Carta a DEVAUX DE PLEYNE ALEJANDRO, ALCALDE,   1827-08): La cantidad   de 1200 francos es ya bastante módica para hacer frente a los gastos que exige el mantenimiento de tres Hermanos en un municipio. Reducirla más es, me parece, arrancarles, no digo el triste salario del más ingrato y penoso empleo de un ciudadano, sino hasta su pobre y desagradable alimento.
(PS 034B, 80-95, Lettre à LOUIS-PHILIPPE, ROI,

1834-01-28): Je suis donc, Sire, rempli de la douce espérance que cette entreprise, formée dans le seul intérêt de mes concitoyens, sera agréée de Votre Majesté toujours prête à encourager ce qui est utile. Les frères de Marie, ayant reçu devotre royale bonté une existance légale, vous devront une reconnaissance éternelle, et s’uniront á moi pour se dire à jamais. Sire, de Votre Majesté les très humbles, très obéissants, et très fidèles sujets.

(PS 034B, 80-95, Carta a LUIS FELIPE, REY,   1834-01-28):

Estoy, pues, Majestad, lleno de dulce esperanza de que esta empresa formada por el único interés de mis conciudadanos sea del agrado de Su Majestad, siempre dispuesto a animar todo lo que es útil. Los Hermanos de María, habiendo recibido de Su bondad una existencia legal, le deberán un agradecimiento y se unirán a mi para decirle siempre de Su Majestad muy humildes, muy obedientes y muy fieles súbditos.

(PS 040, 07-10, Lettre à ARDAILLON JACQUES,

DÉPUTÉ, 1834-04-14): Je prierois Mr. Ardaillon s’il le croit nécessaire, d’engager Mr. le préfet à se prêter à notre autorisation. Nous désirons sincèrement travailler au bien de nos concitoyens sous les auspices du Roi des Français.

(PS   040,   07-10,     Carta   a   ARDAILLON   SANTIAGO,

DIPUTADO, 1834-04-14): Rogaría al Sr. Aradaillon, si lo cree necesario, que comprometa al Sr. Prefecto a prestar su ayuda para nuestra autorización Deseamos sinceramente trabajar por el bien de nuestros conciudadanos bajo los auspicios del Rey de Francia.

(PS 064B, 03-17, Lettre à ARQUILLIERE CHARLES, LAIQUE, 1836-04-13): Nous sommes

flattés au dernier point de l’honneur que Mr. le Préfet et les membres de surveillance de l’école normal nous font en nous appelant à contribuer au bien de l’instruction dans notre propre département. C’est avec le plus vif intérêt que nous nous y prêterons, bien charmés d’avoir cette occasion de marquer notre dévouement à Mr. le Préfet et au bien de nos concitoyens.

(PS   064B,   03-17,     Carta   a   ARQUILLIERE CARLOS,

SEGLAR, 1836-04-13): Nos sentimos sumamente halagados por el honor que nos hace el Sr. Prefecto y los miembros de vigilancia de su escuela normal al llamarnos a contribuir al bien de la instrucción en nuestro propio departamento. Nos presentamos a ello con el más vivo interés, muy encantados de tener esta ocasión de probar nuestra deferencia hacia el Sr. Prefecto y para el bien de nuestros conciudadanos.

(PS 273,   02-09, Lettre à   LIBERSAT, LAIQUE,

1839-09-19): Permettez que je vienne encore vous prier de me dire ce que vous auriez appris touchant notre autorisation. Que vous dit M. Delbeque? Quelles démarches me reste-t-il à faire? M. Salvandy avait [dit] à M(onseigneur) de Belley que si nous prenions les statuts d’une société déjà autorisée, la nôtre serait approuvée. S’il en était ainsi, nous ne ferions aucune difficulté pour cela, nous tenons trop à fournir de bons chrétiens et de bons citoyens parmi les habitants des campagnes.

(PS 273, 02-09, Carta a LIBERSAT, SEGLAR, 1839-09-19):

Permita, una vez más, que venga a rogarle me diga cuanto sepa relativo a nuestra autorización ¿Qué le dijo el Sr. Salvandy? ¿Qué gestiones me quedan por hacer? El Sr. Salvandy le había dicho a Monseñor de Belley que si tomábamos los estatutos de otra sociedad ya organizada y autorizada, la nuestra sería aprobada. Si así fuese no tendríamos ninguna dificultad para ello; nos interesa demasiado   proporcionar   buenos   cristianos   y buenos ciudadanos entre los habitantes del campo.

[Encontramos varias expresiones de Marcelino donde utiliza el calificativo “bueno” o algún derivado. Incluyendo la combinación “buenos cristianos y buenos ciudadanos” y “Buena Madre”. Presentamos a continuación las referencias directas y las fuentes.]

Realidad concreta Referencia Fuente
Buena voluntad “C’est une bonne volonté et….” Carta 023
Buenas manos “Ne désespérez jamais de votre salut, il est entre bonnes mains Carta 249
Buena Madre “Marie n’est-elle pas votre bonne mère? Plus vos besoins sont grands, plus Elle est intéressée à voler à votre secours.” Carta 249
Buenos cristianos y buenos ciudadanos de bons chrétiens et de bons citoyens parmi les habitants ” Carta 273
Buenos catequistas y hábiles [buenos] institutores “Avant tout nous serons de bons catéchistes, mais nous tâcherons aussi de devenir des Instituteurs habiles.” Carta 313
Buena salud “11.-… qu’ils jouissent d’une bonne santé,..” Prospecto 1836
Buen pan y buena sopa “18.- Pour le dîné les Frères auront de bon pain, de bonne soupe,…” Regla 1830

 

[El Hermano Juan Bautista Füret, quien escribe la biografía oficial de Marcelino, utilizó el calificativo virtuoso en lugar de bueno al referirse a ciudadano.]

(JBF, VMC: 02,23,547): En un mot, , élever un enfant, c’est en faire un bon chrétien et un vertueux citoyen (JBF, VMC: 02,23,547): En definitiva, se trata de hacer del niño un buen cristiano y un honrado ciudadano.

Entre las expresiones “buen ciudadano” o “virtuoso ciudadano”, las Constituciones de 1986 privilegiaron la primera.

081,02.- Pour lui, la mission du Frère consiste à aider les enfants et les jeunes à devenir de “bons chrétiens et de bons citoyens”. 081,02.- Según él, la misión del Hermano consiste en ayuda a los niños y jóvenes a llegar a ser, ante todo, “buenos cristianos y buenos ciudadanos”

Razones que militan a favor de “bon citoyen”:

  • Como documento fuente tiene más fuerza una carta de Marcelino que una afirmación de Juan Bautista
  • Esta expresión apunta a lo intrínseco: buen pan, buen maestro, buena madre, buen libro. Podría traducirse por “verdadero”, “auténtico”…
  • En el límite se puede ser “virtuoso” maestro, siendo un pobre Esto es, carece de facilidades para el magisterio, pero es muy humilde, muy abnegado, muy paciente….

La guía del maestro de 1853:

5º De leur apprendre leurs devoirs envers leurs parents, les Pasteurs de l’Eglise, le Chef de l’Etat les Magistrats, la société, et de ne rien épargner pour en faire des enfants soumis et respectueux, de bons chrétiens et de vertueux citoyens.

Hay que recordar que cuando Furet escribe la Guía del Maestro (1853) y cuando publica la Biografía del Padre Fundador (1856) Luis Bonaparte acaba de constituirse en Napoleón III, organizando la nación francesa como imperio.

La edición en lengua española [del extracto de la Guía del Maestro] que a continuación sigue es ciertamente muy posterior a la primera francesa. No sabría decir exactamente a cuál corresponde. Pero el cambio de mentalidad es evidente, aunque todavía con algunas reservas.

Capítulo VIII EDUCACIÓN SOCIAL

Formado ya el joven católico en las aulas colegiales, no queda aislado en el mundo, sino que constituye parte integrante del cuerpo social en el que tiene su función propia, deberes y derechos. En ello pensaba nuestro Vble. Padre cuando nos trazó el programa de educadores, que las siguientes palabras evocan: “formar buenos cristianos y virtuosos ciudadanos”.

Educación social en la Escuela.- En materia de educación social hay que hacer ante todo esta importante observación: No faltan en éste, como en muchos otros puntos de enseñanza, junto a soluciones generalmente admitidas, otras que se prestan a múltiples controversias. En la Escuela, hay que evitar las últimas y atenerse a las primeras si se quiere hacer labor práctica y efectiva. Así, por ejemplo, las cuestiones delicadas e irritantes acerca de la forma de gobierno, las relaciones del capital y del trabajo o ciertas leyes evidentemente muy discutibles, deben tenerse del todo alejadas por no convenir a la enseñanza escolar. Y aun es dudosa la conveniencia de abordar algunos de esos asuntos entre jóvenes de bastante edad; en todo caso, debe hacerse con gran prudencia y moderación.

Práctica.- 1º. Uno de los primeros objetos de las lecciones que, en el dominio social, han de darse a los niños, es el de formarlos al amor a la patria. 

1 La índole universal de este libro, dedicado a todos los países de habla española, impide entrar en los pormenores peculiares de la vida social de cada nación.

Procuren, pues, los Sres. Maestros adaptar la enseñanza a las normas y reglamentos de su propio país y dar a conocer a los alumnos las instituciones sociales de interés nacional.

En España insistan especialmente sobre la Doctrina Social del Glorioso Movimiento Nacional

Ese es el motivo de haberse introducido por doquier la asignatura de Historia Patria en el plan de estudios de la enseñanza primaria. Ella da a conocer a los niños la historia de sus antepasados. Nada hay tan adecuado para encender en los jóvenes el amor patrio, como el relato de las pretéritas glorias, padecimientos y luchas de sus mayores.

Cada nación posee su galería de personajes ilustres que pueden cautivar la admiración de los niños y despertar en su alma generosos sentimientos. El patriotismo es uno de los sentimientos más nobles que puedan cultivarse en la infancia, con tal que en lo tocante a las demás naciones se contenga en el marco de la justicia.

2º. Dicho se está que el buen católico se halla dispuesto a cumplir sus deberes de ciudadano. Advirtamos de paso que esos deberes, o cuando menos algunos de ellos, son consecuencia, aunque remota, de los deberes de católico. Por lo mismo, se manifiestan en formas y en ocasiones que hay que explicar detalladamente a los niños. El voto, por ejemplo, que confiere al ciudadano cierta ligera participación en el poder público, debe explicárseles en todo su mecanismo, responsabilidades y consecuencias. Procédase con mucha circunspección y prudencia al hablar de las garantías morales y de la capacidad exigibles a los candidatos, de modo que ni pueda ser mal interpretada una sola expresión, ni tomada como alusiva a personas de autoridad, especialmente en época electoral.PChFrB 021

3º. Debe asimismo conocer el niño las instituciones públicas del país en que vive y las funciones que en la localidad desempeñan las autoridades civiles, judiciales, militares y eclesiásticas; la organización de los Municipios, de las Diputaciones provinciales y Gobiernos civiles; la organización de los Juzgados de instrucción y de primera instancia, Audiencias provincial y territorial, Tribunal Supremo; la organización del Ejercito, servicios que presta, Ley   de   quintas;   la   organización   del Estado: Ministerios y Direcciones generales, Cámaras legislativas, etc.

Tal vez no sea fuera de propósito hacer observar que está desgraciadamente demasiado generalizada la costumbre en determinado sector de la prensa, de denigrar y censurar las instituciones del país. Guárdese el Maestro de proceder así con sus alumnos; por el contrario, esmérese en inculcarles el respeto y benevolencia a que tienen derecho las instituciones públicas, pues si bien en ningún lugar son perfectas, no dejan por eso de ser respetables, y por lo común representan en cada localidad lo más digno que se ha podido hallar.

4º. Al tratar de los deberes del ciudadano no se omita tampoco lo relativo a los impuestos, al respeto a las leyes a la escrupulosa honradez con que deben proceder los representantes del poder y los administradores del erario público.

5º. Obras sociales.- Tan grande es el actual movimiento de la humanidad y tan familiares se han hecho las obras sociales aun en el pueblo, que pueden tratarse, entre alumnos mayores, muchas cuestiones de economía social, tales como las formas diversas del capital y del trabajo; la producción, circulación y distribución de la riqueza, el ahorro y la asociación.

Lo más recomendable y práctico será favorecerlas en proporción de su valor e importancia, insistiendo sobre las que funcionan en la región con la participación de los padres de los alumnos y aun quizás de estos mismos.

Tales son:

  • Obras de asistencia, como por ejemplo las Cantinas escolares, la Mutualidad escolar, los Jardines obreros, los Comedores de Auxilio Social, el Subsidio Familiar, el de la Vejez, etc.
  • Obras de cultura, a saber: Patronatos Bibliotecas populares, Círculos de estudios, Academias científico-literarias de escolares, etc.

2 En España: la organización de F.E.T. y de las J.O.N.S., frente de Juventudes, etc.

Obras de previsión, v. Gr.: el Instituto Nacional de Previsión, las Cajas de ahorro, de seguro, de retiro, dote infantil, etc.

Finalmente, Instituciones de índole diversa, tales como Sindicatos profesionales, Cooperativas de consumo, Bolsas de trabajo, Escuelas profesionales, etc.

6º. Obras morales.- Hay en la enseñanza social, más aún que en otras muchas, ocasiones mil de llamar la atención de los niños acerca de la moral cristiana.

Tienen, en efecto, las causas morales soberana influencia sobre hechos que a primera vista parecen de oren distinto. Así, el desenvolvimiento de una nación y la felicidad de los ciudadanos que la constituye, guarda estrecha relación con la moral evangélica. La religión, amor al trabajo, honradez, justicia y abnegación por el bien público contribuyen a la prosperidad de las naciones en tanto grado por lo menos como las tierras fértiles y la abundancia de minas.

Por el contrario, no es difícil demostrar que la pereza, el egoísmo, las luchas sociales y la injusticia en todos sus aspectos, son causa de decadencia para los Estados. Y a mayor abundamiento, vienen los hechos a confirmar esta palabra del Evangelio: “Buscad primeramente el reino de dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura”.3

 Forma que adopta esta enseñanza cívica.- Huelga decir que esta enseñanza, por no estar al alcance de los alumnos de corta edad, sólo debe dirigirse a los de cierto desarrollo.

Puede revestir forma sistematizada, si se sujeta a un plan metódico, u ocasional, si se da aprovechando la coyuntura propicia que brinda un suceso público, una fiesta nacional, un hecho heroico de trascendencia social, etc.

En los relatos de hechos notables de la Historia; en las lecturas y descripciones de la Geografía; en los variados asuntos de la Redacción, hallará el Maestro frecuentes motivos para esa enseñanza ocasional, que hiere vivamente el alma del niño y ejerce decisiva influencia en su formación moral y social.

Pero, a pesar de su importancia, no debe remplazar por completo a la enseñanza sistematizada y metódica, que debe adaptarse en los Colegios importantes a algún texto de Rudimentos de Derecho.

Bueno será dirigir las lecturas de los jóvenes y aficionarlos a la buena prensa, al mismo tiempo que se los pone en guardia contra las publicaciones malsanas, inmorales y antipatrióticas.

Observación importante.- Una de las primeras enseñanzas que en el terreno social hay que dar a los niños es la organización de la Iglesia Católica como sociedad, su jerarquía, obras y acción civilizadora a través de los siglos.

Así, pues, debe estudiarse en todos sus pormenores la organización de la Parroquia: el párroco, los coadjutores, la fábrica de la iglesia; la Diócesis: el obispo, los gobernadores eclesiásticos, el provisor, los canónigos; la Nunciatura apostólica, el tribunal de la Rota; la Corte romana, con sus cardenales, congregaciones, etc. Hágase notar la diferencia entre clero regular y secular, religiosos no ordenados, seminarios, noviciados, etc.

Finalmente, nada debe omitirse de cuanto pueda inducir a nuestros discípulos a tenerse por muy honrados y sentirse ufanos de pertenecer a esta Sociedad de origen divino, mejor constituida que todas las sociedades humanas.

Conclusión hipotética, por lo tanto provisoria:

  • No podemos tal vez afirmar que Marcelino quería una formación cívica y política de los alumnos en toda forma. Esto sería sacar su pedagogía de la época cultural, sobre todo del lado eclesiástico. La primera encíclica sobre lo social vino con León XIII.
  • Tal vez lo que Marcelino estaba diciendo, como podía, que no sólo hay que atender al niño como creyente (cristiano), sino también en cuanto miembro activo de una comunidad humana (ciudadano).
  • Pero, ¿no toca a nosotros, sus herederos legítimos, [Maristas de Champagnat], ir [desarrollando todas las bondades de su carisma]?

PChFrB 031

  • Después de Vaticano II (la cultura eclesial), muchos documentos del Instituto, siguiendo a los del Magisterio, apuntan a la importancia de un buen cristiano y de un buen (auténtico, comprometido, verdadero) ciudadano.
  • Nuestras constituciones actuales recogen algo de esto:
    • 034,04.- Nuestra misión de educadores de la juventud nos compromete a trabajar por la promoción de la justicia.
    • 02.- Damos a conocer la doctrina social de la Iglesia y nos esmeramos por despertar las conciencias a los problemas que afectan a la sociedad. Comprometemos a nuestros alumnos en actividades caritativas que los pongan en contacto con situaciones de pobreza.
    • 03.- Educamos a nuestros alumnos en lo referente a los medios de comunicación social, particularmente despertándoles el sentido crítico hacia los mismos.
    • 164,02.- Nuestras comunidades, sencillas y fraternales, constituyen una llamada a vivir según el espíritu de las primeras comunidades. El testimonio de nuestras vidas entregadas y nuestro compromiso apostólico alientan a cuantos nos rodean, muy particularmente a los jóvenes, a construir una sociedad más justa, y revelan a todos el sentido de la existencia humana.

Pequeñas virtudes

07 @` Valla (28)En la tradición marista tenemos una serie de virtudes que fomentamos de manera sencilla. Marcelino les llamaba “las pequeñas virtudes“. Leemos en los números 98 y 99 de Agua de la Roca, el documento que orienta la Espiritualidad Marista: 

Marcelino nos muestra cómo hemos de formar comunidades de misión y vivir en ellas. Al darnos el nombre de Hermanitos de María, él mismo sintetizó la identidad fundamental de su comunidad, basada en la virtud evangélica de la sencillez, la llamada a la fraternidad, y la contemplación de la persona de María.

Esta identidad se expresa particularmente mediante la práctica de las pequeñas virtudes. Para Marcelino esta práctica era un medio de vivir las actitudes de María en la vida cotidiana. Él estaba convencido de que estas virtudes o actitudes eran expresiones vivas del amor.

A continuación transcribimos el capítulo XXVIII de las Enseñanzas Espirituales de San Marcelino Champagnat. Te invitamos a leerlo y a responderte estas preguntas: ¿Qué pequeña virtud necesito desarrollar en mi vida? ¿Cómo puedo invitar a otros a vivir estas pequeñas virtudes?


LAS VIRTUDES MENORES: ÚNICO MEDIO DE ESTABLECER

Y FOMENTAR LA UNIÓN Y EL ORDEN EN LAS COMUNIDADES

 

El hermano Lorenzo fue un día a ver al padre Champagnat y, con su acos­tumbrada sencillez, le dijo:

  Padre, vengo a manifestarle algo que me da mucha pena.

  Bienvenido, hermano Lorenzo. Diga, dígame pronta y francamente el mo­tivo de su pena.

  En la casa a la que me destinó hace pocos días, somos seis hermanos. Si no me equivoco, creo poder afirmar que observamos la regla en todos sus puntos. Los hermanos, en mi opinión, son todos hombres virtuosos, que trabajan con celo en su santificación y salvación. Me parece que todos bus­camos el bien y nos afanamos por conseguirlo. No obstante, la unión entre nosotros no es perfecta. Esa unión es aún más floja en la comunidad de…, que son nuestros vecinos más próximos y a los que vamos a visitar de vez en cuando. Y eso que son tres hermanos de más reciedumbre cristiana y fervor religioso que nosotros. Pues bien, con frecuencia me pregunto: ¿Cuál puede ser la causa de los leves roces que hay entre nosotros? ¿Por qué no es perfecta la unión entre hermanos tan observantes y que tanto se afanan [329] por su adelanto espiritual? ¿Cómo es posible que la caridad perfecta, // la unión de los corazones y la conformidad de sentimientos dejen que desear entre nuestros hermanos vecinos, que son, así y todo, hombres de virtud sólida? Ese es el motivo de mi pena, padre. Tenga la bondad de darme una explicación del porqué de tantas desavenencias domésticas y señalarme sus remedios.

09 Saint Genis Laval (32)Querido hermano, tiene razón al decir que los hermanos con los que está viviendo y los de la comunidad vecina son virtuosos: lo son de veras y le confieso con sumo agrado que los tengo por buenos religiosos. ¿A qué se debe que no haya unión perfecta entre todos ellos? Podría limitarme a de­cirle que en todas partes cuecen habas y que aun los hombres más virtuo­sos tienen defectos y están expuestos a cometer faltas, ya que el justo dice la sagrada Escritura cae siete veces al día. Pero me parece mejor tratar seriamente el problema y explicarle bien mi parecer sobre este punto.

Se puede ser sólidamente virtuoso y tener mal carácter. Pero ocurre que, para alterar la unión de una comunidad y hacer sufrir a todos sus miembros, basta el mal talante de un solo hermano. Puede uno ser regular, piadoso y tener afán de santificación; puede uno, en una palabra, amar a Dios y al pró­jimo sin tener la perfección de la caridad, a saber, las virtudes menores, que son como los frutos, el adorno y corona de la caridad. Pues bien, sin la prác­tica diaria, habitual, de las virtudes menores, no se da la unión perfecta en las comunidades. El descuido o la carencia de las virtudes pequeñas: ésa es la causa principal, y tal vez la única, de las disensiones, // divisón y discordia [330] entre los hombres.

  Dispense, padre, pero no acabo de ver qué entiende por virtudes meno­res. ¿Tendría la bondad de explicármelo?

  Aunque es un poco larga la enumeración y definición de dichas virtudes, se la voy a dar. Son virtudes menores o escondidas:

1. La indulgencia

o facilidad para excusar las faltas ajenas, reducirlas a menos e incluso perdonarlas, aunque no pueda uno permitirse semejante in­dulgencia consigo mismo. San Bernardo nos ofrece un ejemplo maravilloso de ese espíritu de indulgencia. «Hermanos decía a sus monjes, podéis tratarme como os parezca, me he propuesto amaros siempre, aunque no me améis vosotros. Seguiré afecto a vosotros, aun a vuestro pesar. Si me lanzáis insultos, los aguantaré pacientemente; agacharé la cabeza ante los denuestos; venceré vuestros rudos modales con nuevos beneficios; iré al encuentro de quienes rechacen mis atenciones; haré bien a los ingratos; hon­raré a los que me desprecien, ya que somos todos miembros del mismo cuerpo».

2. La disimulación caritativa,

que no se da por enterada de los defectos, yerros, faltas o despropósitos del prójimo, y todo lo aguanta sin protestar ni quejarse: Revestíos de entrañas de compasión… sufriéndoos y perdonán­doos mutuamente (Col 3, 1213). Os conjuro que andéis con paciencia, so­portándoos unos a otros con caridad (Ef 4, 12), exhorta san Pablo. ¿Por qué no dice el Apóstol: reprended, corregid, castigad, sino soportad? Porque, ge­neralmente, no tenemos encargo de corregir, oficio propio de los superiores [331]; nuestro deber es solamente soportar. Porque, incluso // si nos repren­den, hemos de aguantar, pues hay defectos que sólo se curan con el ejercicio de la paciencia y de la tolerancia. Los hay, además, que aun en las almas virtuosas no se corrigen a pesar de todos los esfuerzos, y que Dios deja para que se ejerciten en la virtud el que los tiene y los que han de vivir con él.

3. La compasión,

que comparte las penas de los que sufren para suavi­zárselas, llora con los que lloran, participa en las dificultades de todos y se afana por aliviarlas, o carga personalmente con ellas.

4. La alegría santa,

07 La Valla (10)que toma también para sí los gozos ajenos con el fin de acrecentarlos y proporcionar a sus colegas todos los consuelos y dicha de la virtud y de la vida de comunidad. San Pablo nos ofrece un admirable ejemplo de la caridad que adopta todas las formas para ser útil al prójimo: Híceme flaco con los flacos, por ganar a los flacos. Híceme todo para todos, por salvar a todos (1 Co 9, 22). ¿Quién enferma, que no enferme yo con él? ¿quién se escandaliza, que yo no me requeme? (2 Co 11, 29).

San Cipriano, que seguía fielmente las huellas del Apóstol, decía a su grey: «Hermanos míos, comparto todos vuestros dolores y todas vuestras alegrías; estoy enfermo con los enfermos, el amor que os profeso me hace sentir to­das vuestras aflicciones y todas vuestras alegrías».

5. La tolerancia,

que no impone nunca, sin graves motivos, las propias [332] opiniones a nadie, //sino que admite fácilmente Io que haya de bueno y juicioso en las ideas de un hermano, y aplaude sin dentera sus aciertos y pareceres, con miras a salvar la unión y la caridad fraterna. Huye de contiendas de palabras (2 Tm 2, 14), manda san Pablo. Hay quien replicará. Mi actitud está justificada, no puedo tolerar las necedades o tonterías de los herma­nos. Oíd lo que contesta Belarmino: «Una onza de caridad vale más que cien libras de razón». Manifestad vuestra opinión con miras a fomentar el diá­logo, pero luego dejad que la rebatan sin defenderla: es preferible ceder y transigir con lo que digan los demás. San Eloy decía que, en esa clase de lides, el vencedor es el que cede, porque supera a los otros en virtud. San Efrén aseguraba que siempre había cedido en las discusiones, con el fin de mantener la paz general, y san José de Calasanz agregaba: «Quien desee la paz, no contradiga a nadie».

6. La solicitud caritativa,

que se adelanta a las necesidades del prójimo para ahorrarle la pena de sentirlas y la humillación que supone tener que pedir ayuda. Es la bondad de corazón, incapaz de negar nada, que está siem­pre al acecho para prestar servicio, complacer y obsequiar a todos. San Hugo, obispo de Grenoble, se retiraba de vez en cuando a la Cartuja Mayor para vivir, bajo la guía de san Bruno, como un religioso más. En cierta ocasión le tocó ser compañero de un monje llamado Guillermo. (En cada celda o casita vivían entonces dos cartujos.) Pues bien, fray Guillermo se quejó amar­gamente del obispo ante san Bruno. ¿Sabéis cuál fue su queja? Que, // con [333] gran pesar suyo, el santo obispo realizaba las faenas más humildes y penosas, y se portaba no como compañero, sino como fámulo, prestándole los servicios más bajos. Rogó, pues, instantemente a san Bruno que moderara aquella humildad y solicitud del santo obispo y diera orden de que las labores humildes de la celda fuesen compartidas igualmente por los dos. A su vez, san Hugo suplicaba también con insistencia a san Bruno que le permi­tiera satisfacer su devoción y entregarse con solicitud al servicio de su hermano. Tales son las contiendas de los santos. ¡Cuán adecuadas para fomentar la paz!

7. La afabilidad,

IMG_6577que atiende a los importunos sin manifestar la menor im­paciencia y está siempre lista para correr en ayuda de los que reclaman su auxilio; que instruye a los ignorantes sin aparentar cansancio ni fastidio. San Vicente de Paúl nos ofrece un maravilloso ejemplo de esta virtud. Se le vio interrumpir el diálogo que mantenía con personas de condición noble, para repetir cinco veces el mismo encargo a alguien que no acababa de enten­derlo, y decírselo la última vez con la misma serenidad que la primera. Se le vio escuchar, sin el menor asomo de impaciencia, a personas humildes que hablaban torpe y prolongadamente; se le vio, abrumado de negocios como solía estar, permitir que, treinta veces en un día, le interrumpieran personas escrupulosas que no hacían sino repetirle machaconamente las mismas cosas con términos diferentes; escucharlas hasta el final con admira­ble paciencia, escribirles a veces de su puño y letra lo que les había dicho, y explicárselo con más detención cuando no acababan de entenderlo; [334] finalmente, interrumpir // el rezo del oficio y el sueño para prestar servicio al prójimos

8. La urbanidad y decoro.

Es la inclinación a anticiparse a todos en testi­moniar respeto, miramientos y deferencias, y a ceder siempre el primer puesto para honrar a los demás. Anticipaos unos a otros en /as señales de honor y deferencia (Rm 12, 10), aconseja san Pablo. Tributadas con sinceri­dad, tales deferencias fomentan el amor mutuo, igual que el aceite sirve de pábulo para la llama de la lámpara: sin esos miramientos se apagan la unión y la caridad fraterna.

A todo el mundo le gusta verse honrado, y ello se debe a un sentimiento recóndito que nos hace sentir mucho el desprecio y nos vuelve pundono­rosos: de ahí que le agrade a uno verse tratado con respeto y se crea obli­gado a pagar con idéntica moneda. «Ama dice san Juan Crisóstomo y se te amará; alaba a los demás, y ellos te alabarán; respétalos, y te respeta­rán; condesciende con ellos, y tendrán para contigo toda clase de miramientos».

No maltrates a nadie, no faltes a nadie; guárdate de despreciar a uno solo de tus hermanos, o manifestarle rudeza porque tiene defectos. ¿Te mofas de tu mano o tu pie cuando tienen úlceras, malformaciones o magulladu­ras? ¿No los cuidas, por el contrario, con más solicitud? ¿No los tratas con más delicadeza que cuando estaban sanos?.

9. La condescendencia,

que satisface sin dificultad los deseos del prójimo [335], no teme rebajarse por complacer a los inferiores, atiende // con gusto sus razones, aunque alguna vez carezcan de fundamento.

«Tener condescendencia dice san Francisco de Sales es doblegarse al beneplácito de todos en cuanto no vaya contra la voluntad divina o la recta razón; ser susceptible, cual bola de cera blanda, de recibir todas las formas, con tal de que sean buenas, y no buscar los propios intereses sino los del prójimo y la gloria de Dios. La condescendencia es hija de la caridad, pero hay que evitar el confundirla con cierta debilidad de carácter que impide co­rregir las faltas ajenas cuando hay obligación de hacerlo: no se trata, en tal caso, de un acto de virtud, sino al revés, de participación en las faltas del prójimo)). La condescendencia con el talante ajeno y el soportar al prójimo eran las virtudes predilectas de san Francisco de Sales. No cesaba de acon­sejarlas a los que se ponían bajo su guía. Decía con frecuencia que es mucho más fácil amoldarse uno a los deseos de los demás, que pretender do­blegar todo el mundo al propio humor y a las opiniones personales. No se podía dar con persona más complaciente y mansa que él, pero tampoco más hábil y animosa para corregir y reprender

10. La abnegación y entrega en favor del bien común,

que inclina a pre­ferir los intereses de la comunidad e incluso los de cada uno de sus miem­bros a los propios, y a sacrificarse por el bien de los hermanos y la prospe­ridad de la congregación.

11. La paciencia,

que se calla, aguanta, sigue aguantando, y no se cansa nunca de //hacer favores aun a los ingratos. [336]

San Euquerio, abad, era tan paciente, que llevaba esa virtud hasta el extre­mo de dar las gracias a los que le hacían sufrir.

El hombre colérico se parece al enfermo de calentura, y el hombre pacien­te al médico que mitiga los accesos de fiebre y devuelve la dicha y la paz a los que la han perdido por la ira.

Guardaos de la impaciencia y alteración ante los defectos ajenos. «Si vieras a uno que se arroja al río dice san Buenaventura, ¿darías pruebas de pru­dencia arrojándote también, sólo porque él se haya arrojado?». Tolerad, pues, con paciencia las imperfecciones, defectos y molestias del prójimo: no hay mejor remedio para tener paz y fomentar la unión con todos.

12. La ecuanimidad y buen talante,

Champagnat `1940que ayuda a conservar el equilibrio; a no dejarse llevar de una alegría loca, del arrebato, el tedio, la melancolía o el mal humor; antes bien, a permanecer siempre bondadoso, alegre, afa­ble y satisfecho de todo.

Las virtudes menores son virtudes sociales, es decir, útiles a más no poder para todo el que viva en la sociedad de los seres racionales. Sin ellas no se podría gobernar este mundo pequeño en el que nos toca vivir, y las comu­nidades se hallarían en continuo alboroto y desorden. Sin la práctica de tales virtudes no hay paz doméstica, que es el mejor alivio en medio de las penas que nos afligen en este valle de lágrimas. ¡Ay!, qué desdichada es la comunidad en la que no se hace caso alguno de las virtudes pequeñas: [337] superiores y súbditos, jóvenes y ancianos, todos viven // en discordia. Sin el amor y la práctica de esas virtudes no es posible que tres religiosos vivan juntos bajo el mismo techo. Sin el amor y la práctica de esas virtudes la casa religiosa se convierte en un presidio o un infierno.

¿Queréis que vuestra casa se convierta en un paraíso de concordia? Daos a la práctica fiel de las virtudes menores: ellas son las que constituyen la dicha de las casas religiosas.

Voy a exponerle todavía unos motivos que nos pueden animar a la práctica de esas virtudes:

1.° Las flaquezas del prójimo.

Sí, todos los hombres son débiles, y por eso hay tantos defectos. Este es suspicaz y examina minuciosamente cuanto se dice o hace; ése es picajoso y continuamente le acosa la idea de que se le mira mal, se le falta, se desconfía de él, etc. Aquél es víctima del desa­liento y la menor dificultad le amilana, le vuelve melancólico, pesado para sí y para los demás. El de más allá es vivo como la cendra, se inflama en cuanto se le dirige una palabra. En resumidas cuentas, cada uno tiene su flaco y propensión a diversos defectillos e imperfecciones que han de aguantarse y que proporcionan continuas ocasiones de practicar las virtudes pe­queñas. Es justo y razonable tolerar esas flaquezas y se han de aguantar, por consiguiente, todas las debilidades del prójimo.

2° La pequeñez de los defectos que se han de soportar.

La mayor parte de los religiosos, por su virtud y a menudo por simple educación, no incurren [338] en defectos groseros. Bien miradas, las flaquezas que hemos de // soportar en nuestros hermanos son, las más de las veces, meras imperfec­ciones, arranques de genio, debilidades que de ningún modo empecen para que sean, los que las tienen, almas selectas, de fondo excelente, de conciencia timorata y virtud sólida. Un hombre virtuoso y de buen criterio puede aguantar de sobra semejantes flaquezas en esas almas.

3° Considérese no sólo la parvedad de la materia, sino la ausencia de cual­quier falta.

En efecto, son cosas indiferentes de por sí, y que no pueden til­darse de faltas, las que hemos de soportar en el prójimo. Tales son ciertas facciones del rostro, fisonomía, timbre de voz, modales que no nos agra­dan, ajes del cuerpo o del alma que nos repugnan, etc. Recordemos tam­bién aquí la diversidad de caracteres y su posible choque con el nuestro. Uno es naturalmente alegre, el otro serio; hay quien es tímido y quien es atrevido; éste es demasiado lento y se le ha de esperar, aquél es demasia­do vivo e impetuoso y quisiera hacernos coger el paso del tren o del telégrafo. La razón pide que vivamos en paz en medio de esa diversidad de temperamentos, y nos acomodemos al talante de los demás con flexibili­dad, paciencia y benignidad. Alterarse por esa diferencia de temperamen­to estaría tan fuera de razón como enfadarse porque haya a quien le agra­de una fruta o un confite que a nosotros no nos gusta.

4° Todos necesitamos que nos aguanten.

IMG_7939No hay nadie tan bueno y cabal, que pueda prescindir de la comprensión ajena.

// Hoy me tocará tolerar con paciencia a una persona; mañana le tocará a [339] ella, o a otra, aguantarme a mí. Sería totalmente injusto pedir miramientos, cortesía, y no corresponder sino con altanería y rudeza.

¿Te atreverías a decir que no tienes defectos, absolutamente nada que pueda molestar al prójimo? Escucha lo que se respondió a alguien que se las daba de perfecto:

«Hermano, aunque se crea buen religioso y yo mismo le tenga por tal, le con­fieso que sufro un martirio con usted. No quiere pan sino tierno, porque tiene mala dentadura; yo no lo puedo tolerar, me resulta indigesto y sólo quisie­ra pan duro. Ha dado usted orden de que le traigan la sopa muy caliente, casi hirviendo; a mí me gusta fría. No permite que sirvan ensalada, porque está débil de pecho; yo no comería otra cosa, y no tenerla me supone un gran sacrificio. No quiere usted ver en la mesa otra fruta que la cocida; a mí no me gusta más que la cruda e incluso sin madurar del todo. No puede aguantar la menor corriente, y nos obliga a mantener siempre cerradas to­das las ventanas; yo no estoy a gusto sino al aire libre; de seguir mis prefe­rencias y tratarme conforme a lo que necesito, abriría de par en par todas las puertas y ventanas. Durante los recreos siempre quiere estar sentado; con frecuencia, yo preferiría pasear. Todavía hay un sinnúmero de cosas que usted hace por necesidad o por antojo, que me aburren y fastidian a más

no poder. // Es usted un iluso, querido hermano, si piensa que nadie tiene  [340] la menor cosa que sufrir junto a usted. A pesar de su virtud, que reconoz­co, le puedo asegurar que es para mí causa de continuos sacrificios y aguante; pero no se lo digo en son de queja, porque tengo también mis defectos y necesito que usted me los tolere».

5° Los lazos que nos unen con las personas a las que hemos de aguan­tar.

Abrahán decía a Lot: Ruégote no haya disputa entre nosotros, ni entre mis pastores y los tuyos, pues somos hermanos (Gn 13, 8). ¡Qué motivo más hermoso y conmovedor! Las personas cuyos defectos hemos de tolerar son, efectivamente, hermanos nuestros en Jesucristo: todos los miembros del instituto somos hijos del mismo padre, nuestro fundador; no tenemos sino una madre, la Virgen santísima. Oigamos a nuestro venerado padre cuando exclama: «¿Puede acaso nuestra divina Madre contemplar insensible que mantegamos sentimientos rencorosos o de mera antipatía contra algún her­mano, al que ella ama tal vez más que a nosotros mismos? Os lo pido por Dios, ¡no causemos semejante pena y dolor a su corazón de Madre!».

Las personas a las que hemos de aguantar son amigos de Jesucristo: com­parten nuestra vocación, forman con nosotros una sola familia, trabajan con el mismo fin que nosotros; contamos con ellos para el desempeño de nues­tro oficio; son nuestros colaboradores en un ministerio común. ¡Cuántos mo­tivos para amarlos, prestarles servicios y soportar con toda paciencia sus defectos! [341]

6° La excelencia de esas virtudes.

IMG_7973Ahora me arrepiento de haberlas // lla­mado «menores», pero no es mía esa expresión, es de san Francisco de Sales. Son pequeñas porque apuntan, por su objeto, a cosas menudas: una palabra, un gesto, una mirada, un detalle de cortesía; pero son muy grandes, si uno examina el principio que las informa y el fin que tienen.

Para un buen religioso, la práctica de las virtudes menores es un continuo ejercicio de caridad para con el prójimo. Ahora bien, la caridad es la prime­ra y más excelente de las virtudes. Por eso, el ejercicio de las virtudes me­nores es el que forma a los hombres sólidamente virtuosos: razón de mucho peso, que nos las hace amar y facilita su práctica.


Don Chepo

H. JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ALANÍS.

+ 4 de noviembre de 2018

Reseña escrita por  el Hno. Carlos Martínez Lavín 

Don Chepo fue un hermano de exquisita sensibilidad fraterna. Nuestro H. Provincial, José Sánchez, anunció a los hermanos su encuentro con nuestro buen Padre Dios con estas palabras: “Esta mañana el H. José Luis Rodríguez Alanís, nuestro querido Chepito ha hecho su pascua al Padre. Nos unimos este domingo al agradecimiento por su vida, por su alegría, su ternura, su delicadeza, su cercanía y preocupación por los hermanos. Muchos hermanos y laicos hemos sido bendecidos por su presencia así como su familia. María lo ha recibido y junto con Ella intercede por nosotros. Celebremos su vida viviendo a plenitud como él”. Nuestro biografiado vio la luz en el mágico pueblo del Oro, en el Estado de México, un 10 de junio del año 1919. Fue el menor de una familia formada por ocho hermanos, sus Padres don José Trinidad, mecánico tornero de profesión y Doña María, hacendosa ama de casa y madre dedicada de tiempo completo al cuidado y educación de sus hijos, supieron inculcar en todos ellos sólidas virtudes cristianas y un profundo espíritu de familia. El color de su piel clara, que contrastaba con la tez oscura de su hermano mayor Jesús, hizo que fuera conocido en la familia desde pequeño con el sobrenombre cariñoso de “el güero”. Con el propósito de favorecer el que los hijos pudieran realizar estudios, la familia de don José Trinidad y doña María se trasladó a la ciudad de México, el primero que se adelantó fue Jesús, el hijo mayor, que los primeros años vivió con unas tías, luego le siguieron los papás y el resto de los hijos. Fue así como José Luis quedó inscrito en el Colegio Jalisco. Allí conoció a los hermanos maristas y allí sintió el llamado a ser uno de ellos. Seguramente que en esta decisión la admiración y apreció que sentía hacia su hermano mayor jugó un papel importante.

Perteneció Don Chepo a uno de los últimos grupos que para llevar adelante su formación marista tuvo que dejar familia, amigos, conocidos, lengua y costumbres y partir para Europa el año de 1931 cuando apenas acababa de cumplir los doce años. El día 30 de noviembre de ese año ingresó al Juniorado de Espira de l’Agly, en él permaneció casi cuatro años, el año de 1935 inició su postulantado en Pontós, enseguida vino el Noviciado nuevamente en Espira y un 9 de septiembre del año 1937 emitió sus primeros votos. Su formación se vio zarandeada y forjada por los avatares de la guerra civil española. Eran tiempos de fe profunda en que la confianza en Dios de formadores y formandos se sobrepuso a sobresaltos, peligros y amenazas y en que el seguimiento de Jesús se valoraba más que la conservación de la vida.
Prácticamente no tuvo Escolasticado, pues unos meses después lo encontramos de regreso en México, en la Perla Tapatía el año de 1938, con apenas dieciocho abriles como profesor de Primaria, primero en el Cervantes Colonias y luego en el Cervantes Centro. Fueron siete años en que entregó los mejores bríos de su juventud a los niños. Nunca destacó don Chepo como un brillante profesor, pero el déficit de cualidades pedagógicas lo compensaba ampliamente con un corazón que desbordaba simpatía, entrega, cariño por sus educandos. Si nos atenemos a la máxima de nuestro Fundador: “para educar hay que amar”, nuestro biografiado poseía el “tesoro”, la “perla”, que hace del educador alguien que deja huella en sus alumnos y que los marca de por vida.
El 22 de diciembre de 1942 le dijo a Dios, “contigo para siempre”, mediante la emisión de sus votos perpetuos. Para todos los que lo conocimos fue un hermano sin doblez, franco, directo, de una sola pieza; es cierto que cuando conversaba su lenguaje en ocasiones era titubeante, pero su lenguaje vital no dejaba espacio a dudas, ni a inseguridades, su consagración a Dios fue total y sin reservas.
Esta personalidad que conjugaba alegría, fraternidad, buen espíritu y una gran disponibilidad seguramente explica por qué su paso por las comunidades tuvo algo de fugaz. Fueron muchas las comunidades de las que formó parte a lo largo de su vida, alrededor de treinta, los Superiores sabían que podían contar con él cuando una comunidad pasaba por momentos de dificultad y cuando se requería el cambio de un hermano que viniera a mejorar la calidad de las relaciones humanas y a poner una nota de alegría y de optimismo.
Es así que lo encontramos sucesivamente en los siguientes colegios: Instituto Potosino, Instituto Valladolid, Instituto Queretano, Instituto Franco Mexicano, Centro Universitario México, Instituto Morelos, Escuela Tabasco, Instituto México de Toluca, Instituto México Primaria de la ciudad de México, Colegio México de Orizaba, Instituto Sahuayense, Instituto México Secundaria, en varios de estos colegios estuvo en varias ocasiones.
Estando en Monterrey añadió a su título de maestro de educación primaria, el título de Ingeniero Químico por una de las Universidades locales.
Allí también le tocó experimentar un menudo susto: un domingo en que hermanos lasallistas y maristas disfrutaban de un paseo vespertino y en que se distraían practicando el deporte de la cacería, fue rozado en el cuero cabelludo por una bala que escapó involuntariamente del arma de un cohermano; de inmediato fue trasladado al hospital, afortunadamente los daños aunque escandalosos por la profusión de sangre sólo habían sido epidérmicos.
Don Chepo fue tocado a lo largo de su vida por la inquietud misionera, en varias ocasiones solicitó a los superiores ser enviado a lugares de frontera y de periferia. Aunque su salud era frágil pudo ver cumplidos sus deseos, es así como lo encontramos en 1979 en la Misión de Guadalupe, en 1994 en la comunidad de inserción de Villa Victoria, en 1999 en Pico de Oro en Chiapas y poco tiempo después nuevamente en la Misión de Guadalupe. Su profundo amor a Jesús, María y Marcelino también encontraron proyección en casas de formación: el turbulento año de 1968 y los subsiguientes estuvo colaborando como formador en el Noviciado de Morelia.
Entre sus aficiones figuró el deporte, gustaba de practicar el futbol y el frontón. Cultivó una entrañable y tierna devoción a nuestra Buena Madre, todos los días, en el ocaso de su existencia rezaba cinco o seis rosarios. Nos dio ejemplo de hombre de oración que además de cumplir con las oraciones comunitarias dedicaba tiempos adicionales a conversar con el Señor.
Rebosaba amor a la vida, esto se hizo particularmente patente en la etapa de su atardecer, en las comunidades de Acoxpa y de Amores. Se interesaba por todo lo que ocurría en la Provincia, siempre se mostraba dispuesto para visitar comunidades vecinas, para participar en fiestas y celebraciones, para conversar sobre los más disímiles temas, para viajar lo mismo a la inauguración del teleférico de Aguascalientes que para visitar el Viejo Continente. Tenía detalles de gran finura para con todos: maestros, maestras, alumnos, alumnas, hermanos, familiares, amigos, conocidos. En él se cumplía aquello de aportar la “palabra y el gesto oportunos” que suplicamos en la  celebración eucarística. En ambas comunidades de Acoxpa y de Amores fue foco que irradiaba alegría y esperanza, derribaba barreras y tendía puentes, no tuvo dificultad en sobreponerse a la sordera que en los años finales de su existencia se fue agudizando.
Cultivó de manera particular relaciones afectuosas con sus familiares, se interesaba por sus problemas, los de sus coetáneos y los de cuñados, sobrinos, sobrinos nietos y bisnietos, les brindaba un consejo cariñoso, se dejaba querer y festejar; ellos a su vez le correspondían con cariño y afecto entrañables. Hacia su hermano Jesús, profesó una estima particular, eran muy diferentes: Chucho enérgico, emprendedor, organizado, pedagogo nato, de una personalidad que arrastraba e imponía, ocupó cargos importantes de responsabilidad en la Provincia; Chepo, cercano, espontáneo, sencillo, incondicional colaborador, excelente subdirector en numerosas comunidades; los dos de un gran corazón y de una gran coherencia de vida, nunca percibimos rivalidades entre ambos, cada quién era él mismo y cada quién dejaba al otro ser quien era.
En el festejo que los hermanos le hicimos al cumplir sus ochenta años de vida religiosa elevó la siguiente oración: “María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros tus hermanitos, ayúdanos a seguir a tu Hijo Jesús, camino, verdad y vida, para que así con tu ayuda y la del Espíritu Santo lleguemos al Padre que nos da la vida sin fin, y con paz y amor”.
Todos los hermanos de la Provincia, esperábamos poder celebrarle sus cien años de vida con una fiesta en que íbamos a echar la casa por la ventana. Sería el primer hermano centenario de la Provincia, su salud unos meses antes no presagiaba un declive.
Sin embargo en cuestión de dos semanas una neumonía que lo visitó le fue debilitando los pulmones. Tuvo que ser hospitalizado, el día anterior ya presintiendo que el fin estaba cerca todavía tuvo la ocurrencia de decir a uno de los hermanos que fue a visitarlo: “celebraré mis cien años con mi buen Padre Dios, y si quieren puede haber baile y mariachi”.
Descanse en paz Don Chepo, un hermano maravilloso que vivió su vocación de “hermano” a plenitud, supo “exagerar en fraternidad”, lo hizo de manera espontánea, le brotaba naturalmente hacerlo así; nos ha puesto el listón muy alto. Su vida fue un permanente llamado que nos recuerda la frase del Evangelio de San Juan: “en esto conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a nuestros hermanos” (1 Jn 3,14).