Sagrados Corazones


La espiritualidad en la que fue formado San Marcelino Champagnat promovía la contemplación de un hermoso misterio que, a su vez, nos invita a contemplar nuestra propia humanidad. Los Sagrados Corazones de Jesús y de María laten al ritmo de la voluntad del Padre. Hoy día sabemos que de los primeros sonidos que escucha el ser humano en el vientre materno son los latidos del corazón de su madre, dando el ritmo de la vida y el desarrollo del feto. En cada latido del corazón de María, Jesús conocía los gozos y los retos de la humanidad que estaba siendo ya redimida desde el vientre de nuestra Señora.

Te invitamos a leer, meditar y reflexionar sobre el artículo presentado en esta entrega. Transcribimos íntegramente un escrito de Mariano Varona, de quien podemos afirmar que el ritmo de su corazón es un ritmo marista.


LA UNIDAD JESÚS – MARÍA

Tomado de VARONA, M. (1988) Jesucristo en la Espirutalidad y Escritos de M. J. B. Champagnat. Tesina Universidad Gregoriana: Roma.

Nota: Los números entre paréntesis corresponden al número de carta de Champagnat en la clasificación de Paul Sester.

Este es uno de los temas cristológicos más recurrentes en las cartas de Marcelino, llama la atención la cantidad de veces que asocia estos dos nombres. Entre las principales expresiones con las que se refiere al tema encontramos:

“Estar en las manos de Jesús y María”

Manifiesta su actitud de confianza y abandono. Jesús y María serán su recurso habitual en los momentos de dificultad, incomprensión y desolación. La confianza en su apoyo y protección lo mantendrán sereno en momentos de prueba.

La carta escrita a Mons. de Pins en 1827, cuando la Congregación pasa por momentos difíciles, es una clara muestra de esta actitud:

“Jesús y María: en ellos confío, a pesar de estos tiempos de perversión” “Jesús y María serán siempre el firme apoyo de mi confianza” (6)

Lo mismo en las carta que escribe once años más tarde al Hno. Francisco para notificarle sobre los trámites para obtener la aprobación de la Congregación.

Sigue siendo muy cierto que estamos en las manos de Jesús y María. Récenles mis queridos hermanos, que se cumpla la santa voluntad de Dios y tratemos de no querer, sino lo que Dios quiere”(195)

“sigo teniendo gran confianza en Jesús y María. No dudo que lo conseguiremos, pero desconozco el momento. Lo que importa por encima de todo, es no hacer por nuestra parte sino lo que Dios quiere que hagamos” (197)

Son expresiones que revelan una actitud filial del abandono del pobre que no confía en sus propios medios, sino en la gracia de Dios. A Champagnat sólo le preocupa una cosa: el cumplimiento de la voluntad de Dios. No importa el cómo. Esta actitud es, a la vez, enseñanza para sus hermanos.

Al escribir al Hno. Marie Laurent le anima a sobrellevar sus pruebas confiándose en Jesús y María, su suerte no puede estar en mejor lugar que en el altar y en los brazos de la Madre:

Desde que la recibí no subo nunca al Santo Altar sin encomendarlo a Aquel en quien no se espera en vano, que puede hacernos remontar los mayores obstáculos. No desconfíe nunca de su salvación: está en buenas manos: María; ¿no es María su refugio y su buena Madre? Cuanto mayores son sus necesidades, más interesada está ella en correr a su ayuda”

La salvación no es obra de los hombres ni depende de su esfuerzo. María es Buena Madre que entrega a Cristo. Su función maternal sigue en los cristianos. Las necesidades del hijo mueven la compasión y la ayuda de la Madre.

“Jesús y María, el único tesoro”

En la experiencia de Champagnat, la confianza y el abandono en Jesús y María se fundamentan en la certeza de saber que ellos son la razón de ser de su propia vida y vocación.

Reconocer a Jesús (y María) como el único tesoro y recompensa es calar en el corazón mismo de la Vida Religiosa, en su cristocentrismo: Jesús es el sentido último de la consagración.

En la circular que escribe a los hermanos con motivo de las vacaciones de 1833 les dice:

“Deseo que Jesús y María sean siempre su único tesoro. Si en el camino de la perfección hacen tantos progresos como yo deseo, adelantarán mucho” (29)

Los progresos que realizaran en el camino de la perfección estarían en directa relación con el proceso de desprendimiento que permitirían enriquecerse con Jesús y María. Marcelino experimenta con crudeza la realidad de la cruz y aprende que para conseguir el tesoro es necesario venderlo todo y que para llegar a la intimidad con Jesús y María es necesaria la muerte de sí mismo. Por eso intenta que la virtud de sus hermanos se cimiente en principios evangélicos sólidos.

En 1837 escribe al Hno. Euthyme:

“Tenga ánimo, querido hermano, Jesús y María serán su recompensa; en las tentaciones llámelos en su ayuda, nunca permitirán que sucumba” (102)

Los hermanos percibían en la práctica cotidiana que el Instituto no poseía muchos bienes y propiedades, ni eran ricos en recursos humanos. Sin embargo, percibían también que la confianza y la seguridad eran depositadas en la posesión de Jesús y María. Así lo manifiesta Marcelino a Mons. Pompallier, en 1837:

“María, sí, sólo María es nuestra prosperidad, sin María no somos nada y con María lo tenemos todo, porque María tiene siempre a su adorable hijo o en sus brazos o en su corazón” (194)

 “Con Jesús y María siempre”

 Son varias las cartas que expresan el siguiente deseo: “¡Qué Jesús y María estén siempre con usted!”(24)

En la mentalidad de Champagnat, este deseo es lo mejor que puede ofrecer. Tener a Jesús y a María es tenerlo todo. A través de esta sencilla expresión confidencia a los hermanos el eje principal de su experiencia espiritual: la totalidad y la exclusividad de Dios en la propia vida, mediada por Jesús y María.

En Jesús y María se declara padre de los hermanos:

“les aseguro que seré siempre con sumo gusto su afectísimo padre en Jesús y María” (1)

“Tengo el honor de ser su afectísimo padre en Jesús y María” (14)

Les manifiesta su amor:

Diga muy querido amigo, diga a sus queridos colaboradores cuánto los aprecio, cuanto los amo en Jesús y María” (63)

“En unión con Jesús y María y en dulce desahogo de mi corazón les quiero decir, mis carísimos hermanos, cuánto los amo” (210)

Les entrega la Regla:

“Les ruego reciban esta Regla, que anhelan desde hace tanto tiempo, en los dulces nombres de Jesús y María” (89)

Da gracias por cuanto le sucede:

“He hecho el camino sin haber sufrido, como me temía, los dolores que experimento de ordinario, gracias sean dadas a Jesús y María” (67)

Ellos son su modelo, su refugio, su guía y su apoyo, su fuerza y su todo.

Dos lugares privilegiados: los Sagrados Corazones de Jesús y María

Una variante del tema Jesús María es la referencia a sus Sagrados Corazones. Champagnat vive en un momento de la historia, el Romanticismo, donde los aspectos afectivos de la religiosidad son especialmente considerados, y un período de la Iglesia donde la devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en alza. El corazón es el simbolismo a través del cual se manifiesta la persona misma, su alma, su interior, el conjunto de sus sentimientos.

San Juan Eudes (1601- 1680) fue quien primero acuñó la idea de unir los Corazones de Jesús y María. Hablaba de un sólo corazón para dos personas: el Corazón de Jesús y María. Según su doctrina, el corazón de Jesús es el corazón de María: Cristo vive y reina plenamente en ella y María vive de la vida de Jesús. Cristo es el corazón del corazón de su Madre, lo más íntimo de ella y la razón de su vida.

Champagnat, hombre dotado de gran riqueza afectiva y con fuerte sentido práctico, simplifica la expresión y la adapta a la vida sencilla de los hermanos. Para él también ambos corazones deben ir unidos, ya que no entiende a María sino con Jesús en los brazos o en el corazón.

Habitualmente ocupa la fórmula de despedida “los dejo en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” dando una connotación de abandono filial, de confianza, de seguridad, de protección y cuidado.

Participa, asimismo, de la intuición eudista de los SSCC como lugar de contemplación.

En dos cartas sugiere esta pasividad contemplativa con una formulación muy sencilla:

“Los dejo a los dos en los Sagrados Corazones de Jesús y de María, ¡ya ve qué buenos lugares!”(19)

“Los dejo a todos en los Sagrados Corazones de Jesús y de María, ¡qué buenos lugares, se está bien!”(49)

Las cartas, a través de esta evocación de los SSCC, ayudan a descubrir líneas fuerza de la espiritualidad de Champagnat: sencillez como actitud filial, abandono en Jesús y María, confianza como actitud básica de relación espiritual.

La fórmula SSCC tiene diferentes matices y variaciones según los destinatarios y los estados afectivos de Marcelino:

“Un abrazo en los Sagrados Corazones de Jesús y María donde los dejo” (24) al Hno. Bartolomé.

“Tengo el honor de ser todo suyo en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” (70) al Sr. Douillet.

“A Dios mi querido amigo, ya sabe que los quiero a todos en los Sagrados Corazones” (204) al Hno. Víctor.

“Todo suyo en los Sagrados Corazones de Jesús y María. Tengo el honor de ser su afectísimo servidor” (174) al Hno. Francisco.

Los SSCC son, finalmente, el lugar ideal para entablar el diálogo y llegar a una comunión total. Así se los manifiesta a Mons. Benigne du Trousset d’ Hericourt, obispo de Autun:

“Le ruego, Monseñor, se sirva fijar el momento y el lugar de nuestra entrevista para que podamos arreglarlo todo y que, a partir de ahora, la Sociedad de María y Su Excelencia no tengan más que un solo corazón y un mismo espíritu en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” (268).


 

Ayuno de los jóvenes

Imagen25Durante la cuaresma se ha impulsado en la Iglesia la práctica de ejercicios de piedad que nos fortalecen interiormente: el ayuno y la penitencia, la limosna y la oración.

En el caso de los dos primeros hay una fuerte orientación hacia el sacrificio fecundo que nos purifica. Cuando hacemos ayuno nos estamos privando del alimento y en la penitencia fortalecemos nuestro carácter. Estas dos prácticas son comunes entre la personas que dejan un bien menor por un bien mayor tal como lo son deportistas, médicos, padres y madres de familia.

La limosna hoy podemos releerla como invitación a la solidaridad. Es dar algo de nosotros por el bien de los demás. La generosidad purifica nuestra persona.

En cuanto a la oración, estamos invitados a meditar los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor para poder decir con el poeta: “No me mueve mi Dios para quererte el cielo que me tienes prometido…”

A continuación transcribimos el capítulo IV de las Enseñanzas Espirituales de San Marcelino Champagnat. Es un texto donde los primeros Hermanos Maristas reunieron aquellas instrucciones que nuestro fundador les daba para santificarse en la vida diaria. Te invitamos a leerlas, meditarlas y tomar aquello que hoy te ayude a ser un excelente cristiano y mejor ciudadano.


EL AYUNO DE LOS NOVICIOS

En vida del padre Champagnat, el fervor era muy vivo en el noviciado. Todos los hermanos, incluso los más jóvenes, se entregaban a la virtud por conciencia del deber, por amor y santo deseo de imitar a Jesucristo y Ilegar a parecerse a él.

Ocurrió, pues, que un año, con motivo de la cuaresma, a todos los hermanos jóvenes les dio por ayunar durante todo ese tiempo santo, a ejemplo del divino Salvador. El proyecto juvenil de mortificación se fraguó durante un recreo.

    – ¡Ea! se dijeron unos a otros, ya llegó el tiempo cuaresmal, es decir, el del ayuno y la penitencia.

    – Tengo intención de ayunar todos los días, exclamó uno de ellos.

    – Yo también, agregaron varios más.

    – Sí contrapuso uno de éstos, pero dicen que no se deja ayunar a los hermanos jóvenes.

    – ¡Vaya por Dios! ¡Qué lástima!, respondieron todos.

Es verdad replicó con viveza uno de los más jóvenes, que hay que tener veintiún años para poder ayunar sin mayores dificultades, pero si pedimos licencia para ello, se nos va a conceder, ya que no estamos enfermos, antes gozamos todos de muy buena salud.

Convinieron, pues, y determinaron que seis de ellos irían a ver al venerado padre y, en nombre de todos, le pedirían permiso para ayunar.

G-reuniónEl fervor de aquellos hermanitos era tan intenso, su sencillez tan candorosa, que ni les pasó por las mientes la idea de que se les fuera a negar ese favor. Los seis procuradores fueron al aposento del venerado padre. Tímidamente entraron y, tras profunda venia general, el mayor, de dieciséis abriles escasos, habló en nombre de todos y dijo:

Muy reverendo Padre, venimos a pedirle, con humildad y total confianza, que nos autorice a ayunar durante la cuaresma.

    – ¿Toda la cuaresma?

    – Sí, padre, toda la cuaresma.

    – Es muy larga. ¿Sabéis cuántos días de ayuno tiene la cuaresma?

     – Si, padre.

      – ¿Lo deseáis los seis?

    – No sólo nosotros seis, sino todos los demás hermanos jóvenes, en cuyo nombre hemos venido a pedir este favor.

     – Hijos míos, alabo vuestro fervor y vuestro anhelo de penitencia. Para animaros a perseverar en la práctica de esas virtudes, os concedo ayunar durante la cuaresma. Decídselo a los demás que os han comisionado. Ahora bien, sois jóvenes, carecéis de experiencia y necesitáis que se os dirija en todas las cosas. Mañana os explicaré cómo vais a practicar ese largo ayuno de cuarenta días. Entretanto, será mejor que cenéis bien, de modo que el estómago esté mejor preparado para ayunar mucho durante la cuaresma. Id a decir a vuestros compañeros que os otorgo el permiso de ayunar, pero que me reservo el explicaros la manera de llevar a cabo y santificar dicho ayuno.

Los hermanitos dieron efusivamente las gracias al padre, salieron rebosantes de alegría y corrieron a comunicar a los demás que se había atendido su petición y podían prepararse para ayunar durante toda la cuaresma.

Pronto se corrió por la casa que los hermanos noveles se disponían a competir en penitencia y mortificación con los veteranos. Todo el mundo se alegró, especialmente el cocinero, ya que se le aligeraba con ello la tarea y se le ahorraba la preparación del desayuno.

04 Vida (15)Al día siguiente, como lo había prometido y según acostumbraba en la inauguración de la cuaresma, el padre Champagnat dio a toda la casa una plática sobre el modo de santificar el ayuno. Aunque era día consagrado a la penitencia, el venerado padre estaba más alegre de lo que solía: se reflejaban visiblemente en su rostro el contento y la alegría santa.

     – Carísimos hermanos dijo, tengo la satisfacción de comunicaros que todos los miembros de la comunidad están cabalmente dispuestos a santificar la cuaresma. Prueba de ello es que, por feliz contagio, el espíritu de mortificación y penitencia de los hermanos mayores se les ha pegado a los jóvenes, y éstos han venido a pedirme que les deje ayunar toda la cuaresma. Os extrañará, sin duda, que les haya concedido ese favor. No les tengáis envidia. Alegraos, más bien, de que vuestros ejemplos estén dando frutos tan excelentes. Sí, hermanos jóvenes, ayunaréis todos, porque todos necesitáis hacer penitencia para conservar limpia el alma, imitar a Jesucristo y merecer la gloria que os espera. Pero la Iglesia es madre bondadosa, que mira por el cuerpo igual que por el alma de todos sus hijos. Os concede, por la debilidad de vuestros pocos años, que practiquéis un ayuno menos riguroso que el que pide a vuestros hermanos mayores y a todos los fieles que han cumplido veintiún años. Os dispensa de hacer ayunar el estómago y, para otorgaros el mérito y recompensa del ayuno, sólo desea de vosotros estas cuatro menudencias:

1. El ayuno de los ojos, mediante la modestia.

Agrada mucho a Dios ese ayuno y es de mérito muy subido por tres razones:

1a Porque la modestia reprime las pasiones y opone una barrera al pecado. ¿Sabéis lo que significa aquella sentencia de la sagrada Escritura: La muerte ha subido por nuestras ventanas (Jr 9, 21)? Que el pecado, la muerte del alma, entra por los ojos cuando no se procura sujetarlos con la modestia. El santo varón Job, que había rumiado esa máxima, declara: «Hice pacto con mis ojos de no pensar jamás en cosa mala». ¿Por qué dice «no pensar», en vez de «no mirar cosa mala»? Porque el pensamiento va tan íntimamente unido a las miradas, que no puede separarse de ellas. Así pues, la modestia nos preserva del pecado.

2a Porque la modestia engendra el recogimiento, destierra las distracciones, fomenta la piedad y la devoción. Quien desee rezar bien las oraciones, ha de ser muy recatado.

3a Porque la modestia edifica al prójimo, le aficiona a la virtud y le lleva a Dios. La modestia de los religiosos santos inspira punzantes remordimientos a los pecadores y reprime su desenfreno. San Bernardino, por ejemplo, contenía con su modestia a los compañeros licenciosos que, al verle, exclamaban: «Portémonos como Dios manda, que viene Bernardino.» De san Efrén se refiere que no se le podía mirar sin sentir devoción, sin proponerse llegar a ser mejor, debido a lo extraordinario de su modestia y a la virtud que rezumaba. La modestia de san Luciano, mártir, era tan admirable y eficaz, que compelía a los paganos a abrazar la fe cristiana. El tirano Maximiano, conocedor de tal prodigio, citó al santo; mas, por miedo a que le convirtiera su actitud recatada, mandó poner un velo entre ambos.

Hermanos carísimos, observad el recogimiento y la modestia en las miradas, la actitud, los gestos. Conseguid que todos vuestros sentidos ayunen por medio del recato. Santificaréis así debidamente la cuaresma, y sus cuarenta días darán frutos opimos de virtud y de méritos.

2. El ayuno de la lengua, con la práctica del silencio.

05 Vida 2 (19)Dos grandes ventajas proporciona ese ayuno:

1a Conseguir que se evite el pecado. Efectivamente, está escrito: En el mucho hablar no faltará pecado (Pr 10, 19). Y en otro lugar: Quien habla mucho, hará daño a su alma (Eclo 20, 8), y también: La lengua desenfrenada es decir, que no observa el silencio es un mundo entero de maldad (St 3, 6). Por consiguiente, si lográis que ayune la lengua, respondo de que no cometeréis la mitad de las faltas diarias. ¡Cuán provechoso resulta, pues, dicho ayuno para el alma y la conciencia!

2a Pero hay algo más: ese ayuno conserva, nutre y hace crecer todas las virtudes. Por eso ha // dicho el Espíritu Santo: Si alguno no tropieza con palabras, ese tal es varón perfecto (St 3, 2). Quiere decir que tiene todas las virtudes.

Para enterarse de la salud de una persona, basta que le miren la lengua: si la tiene encendidamente roja, o sucia y blanquecina, no goza de buena salud. De igual modo, para conocer en qué estado se halla el alma de un religioso, hay que prestar atención a la lengua: cómo la rige y qué uso hace de ella. Si habla mucho, es casi seguro que tiene el alma plagada de culpas y pecados. Si habla poco, si es recatado y circunspecto en las palabras, estad seguros de que tiene el alma adornada de hermosas virtudes.

El prurito de hablar, el hábito de contar chistes, la afición a la chunga y la disipación son indicios seguros de conciencia vana y torcida, de espíritu superficial, de alma enclenque y vacía de virtudes. Tan convencido de ello estaba santo Tomás, que afirmaba abiertamente: «Si veis a un religioso que gusta de las conversaciones fútiles, de las chanzas y frivolidades del siglo, de ninguna manera penséis que se trata de un hombre espiritual y virtuoso, aunque hiciere milagros».

Lograr que ayune la lengua es, pues, medio excelente de guardarse del pecado, hacer medrar las virtudes, ser gratos a Dios e incluso aprender a hablar debidamente.

3. El ayuno de los defectos y de las pasioncillas.

05 Vida 2 (30)¿Sabéis cómo se hace ayunar a los defectos? Combatiéndolos y no dejándose dominar por ellos. ¿Sentís inclinación, por ejemplo, a mentir de vez en cuando, hablar mal del prójimo, zaherir a los hermanos, llegar tarde a cualquier ejercicio de comunidad, etc.? Si corregís todo eso, si os abstenéis de ello hasta Pascua, habréis conseguido que ayunen los defectos. Someter las pasiones al ayuno es luchar contra las tentaciones y malas tendencias de la naturaleza corrompida; es evitar el pecado y mortificarse para arrancar del corazón todas las malas hierbas que en él haya sembrado el demonio. Supongamos que sentís inclinación a la pereza, al orgullo, envidia, gula, placeres prohibidos, tristeza, etc. Luchad contra todo eso, decid a las pasiones desordenadas: ¡Fuera!, marchaos lejos; no volváis a molestarme hasta Pascua; os declaro lucha a muerte durante toda la cuaresma. Quiero, además, aplicarme singularmente a la práctica de las virtudes contrarias a esas pasiones. De modo que lucharé contra la pereza con mayor fidelidad al reglamento y aplicación al estudio y al trabajo manual. Combatiré el orgullo con el ofrecimiento de los actos a Dios, realizándolos todos por él y no por complacer a los hombres; prestando a los hermanos todos los servicios que pueda, convirtiéndome así en el fámulo de la comunidad. Entraré en lid contra la gula con el arma de la mortificación en las comidas, y contra la sensualidad renunciando a todo lo que no me sea necesario.

Si así lo hacéis, ¡qué ayuno más bueno vais a practicar!, ¡qué cuaresma tan santa vais a pasar! Ese es el medio más seguro de imitar a Jesucristo, participar en sus dolores y aseguraros un tesoro de méritos para la eternidad.

4. No consentir jamás que ayune el alma, no darle nunca pan mohoso.

Se hace ayunar al alma cuando se falta a los ejercicios de piedad: meditación, examen, lectura espiritual, misa, comunión. Se hace ayunar al alma cuando se descuida la práctica de las virtudes y de las buenas obras, cuando uno es infiel a la gracia, cuando se obra por rutina, sin rectitud de intención y, por consiguiente, sin mérito.

Se le da pan mohoso cuando se rezan mal las oraciones, se recitan distraídamente, con desidia y tibieza, sin preparación ni devoción. La oración rezada con descuido y distracciones consentidas, la lectura espiritual hecha sin atención, sin deseo de aprovecharla practicando lo que enseña, son para el alma Io que el pan mohoso para el cuerpo: alimento deteriorado, que altera la salud y la desconcierta, en vez de mantenerla y fortalecerla.

No impongáis, pues, ayuno al alma, no le deis pan mohoso, a saber: no abandonéis uno solo de los ejercicios de piedad; no os contentéis con la asistencia a ellos; llevadlos debidamente a cabo y luchad animosamente contra las distracciones.

Pero ahora tengo que preguntaros: ¿Qué finalidad tiene el ayuno prescrito por la Iglesia? Con toda seguridad, me vais a responder: Hacer penitencia, combatir y domeñar las pasiones con la mortificación del cuerpo y, en último término, imitar a Jesucristo.

Muy bien, estoy conforme con vosotros en que son ésos los motivos principales del ayuno. Pero, ¿no falta nada? Sí, se ayuna y se priva uno de parte del alimento para socorrer a los pobres y distribuirles más abundantes limosnas, dándoles todo aquello de que uno prescinde. Es lo que hacen los buenos cristianos: entregar a los pobres el beneficio íntegro del ayuno.

04 Vida (22)Deseo, carísimos hermanos, que hagáis algo parecido. Ofreced para ello a Dios y con el fin de obtener la conversión de los pecadores y de los infieles, la santificación de los niños de nuestras escuelas y el alivio de las almas del purgatorio todos los actos de virtud que vais a practicar con la modestia, la observancia del silencio y el santo vigor que necesitáis para combatir defectos y pasiones, para orar debidamente y practicar las virtudes de nuestro santo estado. Tal ofrecimiento y entrega serán una obra muy agradable a Dios, utilísima al prójimo y mucho más meritoria para vosotros mismos que el privaros de un zoquete para dárselo a los pobres.

Vamos a ver, hermanos:

¿Estáis conformes con el ayuno que os propongo? ¿Satisface vuestra devoción y amor a la penitencia?

El padre se detuvo aquí un momento, como quien espera una contestación. Los hermanos jóvenes, que le habían escuchado con atención, aunque un poco defraudados en su piadoso anhelo, ligeramente cabizbajos pero sonrientes, parecían decir:

Sí, padre, estamos satisfechos y cumpliremos exactamente lo que acaba de aconsejarnos.

EI venerado padre agregó:

Para que veáis el interés que tengo en animar a cuantos gustan de la penitencia y mortificación, y manifestaros lo edificado y satisfecho que estoy de vuestra docilidad, os autorizo la práctica del ayuno corporal ordinario todos los viernes de cuaresma, en honra de la pasión de nuestro Señor Jesucristo.


 

Pequeñas virtudes

07 @` Valla (28)En la tradición marista tenemos una serie de virtudes que fomentamos de manera sencilla. Marcelino les llamaba “las pequeñas virtudes“. Leemos en los números 98 y 99 de Agua de la Roca, el documento que orienta la Espiritualidad Marista: 

Marcelino nos muestra cómo hemos de formar comunidades de misión y vivir en ellas. Al darnos el nombre de Hermanitos de María, él mismo sintetizó la identidad fundamental de su comunidad, basada en la virtud evangélica de la sencillez, la llamada a la fraternidad, y la contemplación de la persona de María.

Esta identidad se expresa particularmente mediante la práctica de las pequeñas virtudes. Para Marcelino esta práctica era un medio de vivir las actitudes de María en la vida cotidiana. Él estaba convencido de que estas virtudes o actitudes eran expresiones vivas del amor.

A continuación transcribimos el capítulo XXVIII de las Enseñanzas Espirituales de San Marcelino Champagnat. Te invitamos a leerlo y a responderte estas preguntas: ¿Qué pequeña virtud necesito desarrollar en mi vida? ¿Cómo puedo invitar a otros a vivir estas pequeñas virtudes?


LAS VIRTUDES MENORES: ÚNICO MEDIO DE ESTABLECER

Y FOMENTAR LA UNIÓN Y EL ORDEN EN LAS COMUNIDADES

 

El hermano Lorenzo fue un día a ver al padre Champagnat y, con su acos­tumbrada sencillez, le dijo:

  Padre, vengo a manifestarle algo que me da mucha pena.

  Bienvenido, hermano Lorenzo. Diga, dígame pronta y francamente el mo­tivo de su pena.

  En la casa a la que me destinó hace pocos días, somos seis hermanos. Si no me equivoco, creo poder afirmar que observamos la regla en todos sus puntos. Los hermanos, en mi opinión, son todos hombres virtuosos, que trabajan con celo en su santificación y salvación. Me parece que todos bus­camos el bien y nos afanamos por conseguirlo. No obstante, la unión entre nosotros no es perfecta. Esa unión es aún más floja en la comunidad de…, que son nuestros vecinos más próximos y a los que vamos a visitar de vez en cuando. Y eso que son tres hermanos de más reciedumbre cristiana y fervor religioso que nosotros. Pues bien, con frecuencia me pregunto: ¿Cuál puede ser la causa de los leves roces que hay entre nosotros? ¿Por qué no es perfecta la unión entre hermanos tan observantes y que tanto se afanan [329] por su adelanto espiritual? ¿Cómo es posible que la caridad perfecta, // la unión de los corazones y la conformidad de sentimientos dejen que desear entre nuestros hermanos vecinos, que son, así y todo, hombres de virtud sólida? Ese es el motivo de mi pena, padre. Tenga la bondad de darme una explicación del porqué de tantas desavenencias domésticas y señalarme sus remedios.

09 Saint Genis Laval (32)Querido hermano, tiene razón al decir que los hermanos con los que está viviendo y los de la comunidad vecina son virtuosos: lo son de veras y le confieso con sumo agrado que los tengo por buenos religiosos. ¿A qué se debe que no haya unión perfecta entre todos ellos? Podría limitarme a de­cirle que en todas partes cuecen habas y que aun los hombres más virtuo­sos tienen defectos y están expuestos a cometer faltas, ya que el justo dice la sagrada Escritura cae siete veces al día. Pero me parece mejor tratar seriamente el problema y explicarle bien mi parecer sobre este punto.

Se puede ser sólidamente virtuoso y tener mal carácter. Pero ocurre que, para alterar la unión de una comunidad y hacer sufrir a todos sus miembros, basta el mal talante de un solo hermano. Puede uno ser regular, piadoso y tener afán de santificación; puede uno, en una palabra, amar a Dios y al pró­jimo sin tener la perfección de la caridad, a saber, las virtudes menores, que son como los frutos, el adorno y corona de la caridad. Pues bien, sin la prác­tica diaria, habitual, de las virtudes menores, no se da la unión perfecta en las comunidades. El descuido o la carencia de las virtudes pequeñas: ésa es la causa principal, y tal vez la única, de las disensiones, // divisón y discordia [330] entre los hombres.

  Dispense, padre, pero no acabo de ver qué entiende por virtudes meno­res. ¿Tendría la bondad de explicármelo?

  Aunque es un poco larga la enumeración y definición de dichas virtudes, se la voy a dar. Son virtudes menores o escondidas:

1. La indulgencia

o facilidad para excusar las faltas ajenas, reducirlas a menos e incluso perdonarlas, aunque no pueda uno permitirse semejante in­dulgencia consigo mismo. San Bernardo nos ofrece un ejemplo maravilloso de ese espíritu de indulgencia. «Hermanos decía a sus monjes, podéis tratarme como os parezca, me he propuesto amaros siempre, aunque no me améis vosotros. Seguiré afecto a vosotros, aun a vuestro pesar. Si me lanzáis insultos, los aguantaré pacientemente; agacharé la cabeza ante los denuestos; venceré vuestros rudos modales con nuevos beneficios; iré al encuentro de quienes rechacen mis atenciones; haré bien a los ingratos; hon­raré a los que me desprecien, ya que somos todos miembros del mismo cuerpo».

2. La disimulación caritativa,

que no se da por enterada de los defectos, yerros, faltas o despropósitos del prójimo, y todo lo aguanta sin protestar ni quejarse: Revestíos de entrañas de compasión… sufriéndoos y perdonán­doos mutuamente (Col 3, 1213). Os conjuro que andéis con paciencia, so­portándoos unos a otros con caridad (Ef 4, 12), exhorta san Pablo. ¿Por qué no dice el Apóstol: reprended, corregid, castigad, sino soportad? Porque, ge­neralmente, no tenemos encargo de corregir, oficio propio de los superiores [331]; nuestro deber es solamente soportar. Porque, incluso // si nos repren­den, hemos de aguantar, pues hay defectos que sólo se curan con el ejercicio de la paciencia y de la tolerancia. Los hay, además, que aun en las almas virtuosas no se corrigen a pesar de todos los esfuerzos, y que Dios deja para que se ejerciten en la virtud el que los tiene y los que han de vivir con él.

3. La compasión,

que comparte las penas de los que sufren para suavi­zárselas, llora con los que lloran, participa en las dificultades de todos y se afana por aliviarlas, o carga personalmente con ellas.

4. La alegría santa,

07 La Valla (10)que toma también para sí los gozos ajenos con el fin de acrecentarlos y proporcionar a sus colegas todos los consuelos y dicha de la virtud y de la vida de comunidad. San Pablo nos ofrece un admirable ejemplo de la caridad que adopta todas las formas para ser útil al prójimo: Híceme flaco con los flacos, por ganar a los flacos. Híceme todo para todos, por salvar a todos (1 Co 9, 22). ¿Quién enferma, que no enferme yo con él? ¿quién se escandaliza, que yo no me requeme? (2 Co 11, 29).

San Cipriano, que seguía fielmente las huellas del Apóstol, decía a su grey: «Hermanos míos, comparto todos vuestros dolores y todas vuestras alegrías; estoy enfermo con los enfermos, el amor que os profeso me hace sentir to­das vuestras aflicciones y todas vuestras alegrías».

5. La tolerancia,

que no impone nunca, sin graves motivos, las propias [332] opiniones a nadie, //sino que admite fácilmente Io que haya de bueno y juicioso en las ideas de un hermano, y aplaude sin dentera sus aciertos y pareceres, con miras a salvar la unión y la caridad fraterna. Huye de contiendas de palabras (2 Tm 2, 14), manda san Pablo. Hay quien replicará. Mi actitud está justificada, no puedo tolerar las necedades o tonterías de los herma­nos. Oíd lo que contesta Belarmino: «Una onza de caridad vale más que cien libras de razón». Manifestad vuestra opinión con miras a fomentar el diá­logo, pero luego dejad que la rebatan sin defenderla: es preferible ceder y transigir con lo que digan los demás. San Eloy decía que, en esa clase de lides, el vencedor es el que cede, porque supera a los otros en virtud. San Efrén aseguraba que siempre había cedido en las discusiones, con el fin de mantener la paz general, y san José de Calasanz agregaba: «Quien desee la paz, no contradiga a nadie».

6. La solicitud caritativa,

que se adelanta a las necesidades del prójimo para ahorrarle la pena de sentirlas y la humillación que supone tener que pedir ayuda. Es la bondad de corazón, incapaz de negar nada, que está siem­pre al acecho para prestar servicio, complacer y obsequiar a todos. San Hugo, obispo de Grenoble, se retiraba de vez en cuando a la Cartuja Mayor para vivir, bajo la guía de san Bruno, como un religioso más. En cierta ocasión le tocó ser compañero de un monje llamado Guillermo. (En cada celda o casita vivían entonces dos cartujos.) Pues bien, fray Guillermo se quejó amar­gamente del obispo ante san Bruno. ¿Sabéis cuál fue su queja? Que, // con [333] gran pesar suyo, el santo obispo realizaba las faenas más humildes y penosas, y se portaba no como compañero, sino como fámulo, prestándole los servicios más bajos. Rogó, pues, instantemente a san Bruno que moderara aquella humildad y solicitud del santo obispo y diera orden de que las labores humildes de la celda fuesen compartidas igualmente por los dos. A su vez, san Hugo suplicaba también con insistencia a san Bruno que le permi­tiera satisfacer su devoción y entregarse con solicitud al servicio de su hermano. Tales son las contiendas de los santos. ¡Cuán adecuadas para fomentar la paz!

7. La afabilidad,

IMG_6577que atiende a los importunos sin manifestar la menor im­paciencia y está siempre lista para correr en ayuda de los que reclaman su auxilio; que instruye a los ignorantes sin aparentar cansancio ni fastidio. San Vicente de Paúl nos ofrece un maravilloso ejemplo de esta virtud. Se le vio interrumpir el diálogo que mantenía con personas de condición noble, para repetir cinco veces el mismo encargo a alguien que no acababa de enten­derlo, y decírselo la última vez con la misma serenidad que la primera. Se le vio escuchar, sin el menor asomo de impaciencia, a personas humildes que hablaban torpe y prolongadamente; se le vio, abrumado de negocios como solía estar, permitir que, treinta veces en un día, le interrumpieran personas escrupulosas que no hacían sino repetirle machaconamente las mismas cosas con términos diferentes; escucharlas hasta el final con admira­ble paciencia, escribirles a veces de su puño y letra lo que les había dicho, y explicárselo con más detención cuando no acababan de entenderlo; [334] finalmente, interrumpir // el rezo del oficio y el sueño para prestar servicio al prójimos

8. La urbanidad y decoro.

Es la inclinación a anticiparse a todos en testi­moniar respeto, miramientos y deferencias, y a ceder siempre el primer puesto para honrar a los demás. Anticipaos unos a otros en /as señales de honor y deferencia (Rm 12, 10), aconseja san Pablo. Tributadas con sinceri­dad, tales deferencias fomentan el amor mutuo, igual que el aceite sirve de pábulo para la llama de la lámpara: sin esos miramientos se apagan la unión y la caridad fraterna.

A todo el mundo le gusta verse honrado, y ello se debe a un sentimiento recóndito que nos hace sentir mucho el desprecio y nos vuelve pundono­rosos: de ahí que le agrade a uno verse tratado con respeto y se crea obli­gado a pagar con idéntica moneda. «Ama dice san Juan Crisóstomo y se te amará; alaba a los demás, y ellos te alabarán; respétalos, y te respeta­rán; condesciende con ellos, y tendrán para contigo toda clase de miramientos».

No maltrates a nadie, no faltes a nadie; guárdate de despreciar a uno solo de tus hermanos, o manifestarle rudeza porque tiene defectos. ¿Te mofas de tu mano o tu pie cuando tienen úlceras, malformaciones o magulladu­ras? ¿No los cuidas, por el contrario, con más solicitud? ¿No los tratas con más delicadeza que cuando estaban sanos?.

9. La condescendencia,

que satisface sin dificultad los deseos del prójimo [335], no teme rebajarse por complacer a los inferiores, atiende // con gusto sus razones, aunque alguna vez carezcan de fundamento.

«Tener condescendencia dice san Francisco de Sales es doblegarse al beneplácito de todos en cuanto no vaya contra la voluntad divina o la recta razón; ser susceptible, cual bola de cera blanda, de recibir todas las formas, con tal de que sean buenas, y no buscar los propios intereses sino los del prójimo y la gloria de Dios. La condescendencia es hija de la caridad, pero hay que evitar el confundirla con cierta debilidad de carácter que impide co­rregir las faltas ajenas cuando hay obligación de hacerlo: no se trata, en tal caso, de un acto de virtud, sino al revés, de participación en las faltas del prójimo)). La condescendencia con el talante ajeno y el soportar al prójimo eran las virtudes predilectas de san Francisco de Sales. No cesaba de acon­sejarlas a los que se ponían bajo su guía. Decía con frecuencia que es mucho más fácil amoldarse uno a los deseos de los demás, que pretender do­blegar todo el mundo al propio humor y a las opiniones personales. No se podía dar con persona más complaciente y mansa que él, pero tampoco más hábil y animosa para corregir y reprender

10. La abnegación y entrega en favor del bien común,

que inclina a pre­ferir los intereses de la comunidad e incluso los de cada uno de sus miem­bros a los propios, y a sacrificarse por el bien de los hermanos y la prospe­ridad de la congregación.

11. La paciencia,

que se calla, aguanta, sigue aguantando, y no se cansa nunca de //hacer favores aun a los ingratos. [336]

San Euquerio, abad, era tan paciente, que llevaba esa virtud hasta el extre­mo de dar las gracias a los que le hacían sufrir.

El hombre colérico se parece al enfermo de calentura, y el hombre pacien­te al médico que mitiga los accesos de fiebre y devuelve la dicha y la paz a los que la han perdido por la ira.

Guardaos de la impaciencia y alteración ante los defectos ajenos. «Si vieras a uno que se arroja al río dice san Buenaventura, ¿darías pruebas de pru­dencia arrojándote también, sólo porque él se haya arrojado?». Tolerad, pues, con paciencia las imperfecciones, defectos y molestias del prójimo: no hay mejor remedio para tener paz y fomentar la unión con todos.

12. La ecuanimidad y buen talante,

Champagnat `1940que ayuda a conservar el equilibrio; a no dejarse llevar de una alegría loca, del arrebato, el tedio, la melancolía o el mal humor; antes bien, a permanecer siempre bondadoso, alegre, afa­ble y satisfecho de todo.

Las virtudes menores son virtudes sociales, es decir, útiles a más no poder para todo el que viva en la sociedad de los seres racionales. Sin ellas no se podría gobernar este mundo pequeño en el que nos toca vivir, y las comu­nidades se hallarían en continuo alboroto y desorden. Sin la práctica de tales virtudes no hay paz doméstica, que es el mejor alivio en medio de las penas que nos afligen en este valle de lágrimas. ¡Ay!, qué desdichada es la comunidad en la que no se hace caso alguno de las virtudes pequeñas: [337] superiores y súbditos, jóvenes y ancianos, todos viven // en discordia. Sin el amor y la práctica de esas virtudes no es posible que tres religiosos vivan juntos bajo el mismo techo. Sin el amor y la práctica de esas virtudes la casa religiosa se convierte en un presidio o un infierno.

¿Queréis que vuestra casa se convierta en un paraíso de concordia? Daos a la práctica fiel de las virtudes menores: ellas son las que constituyen la dicha de las casas religiosas.

Voy a exponerle todavía unos motivos que nos pueden animar a la práctica de esas virtudes:

1.° Las flaquezas del prójimo.

Sí, todos los hombres son débiles, y por eso hay tantos defectos. Este es suspicaz y examina minuciosamente cuanto se dice o hace; ése es picajoso y continuamente le acosa la idea de que se le mira mal, se le falta, se desconfía de él, etc. Aquél es víctima del desa­liento y la menor dificultad le amilana, le vuelve melancólico, pesado para sí y para los demás. El de más allá es vivo como la cendra, se inflama en cuanto se le dirige una palabra. En resumidas cuentas, cada uno tiene su flaco y propensión a diversos defectillos e imperfecciones que han de aguantarse y que proporcionan continuas ocasiones de practicar las virtudes pe­queñas. Es justo y razonable tolerar esas flaquezas y se han de aguantar, por consiguiente, todas las debilidades del prójimo.

2° La pequeñez de los defectos que se han de soportar.

La mayor parte de los religiosos, por su virtud y a menudo por simple educación, no incurren [338] en defectos groseros. Bien miradas, las flaquezas que hemos de // soportar en nuestros hermanos son, las más de las veces, meras imperfec­ciones, arranques de genio, debilidades que de ningún modo empecen para que sean, los que las tienen, almas selectas, de fondo excelente, de conciencia timorata y virtud sólida. Un hombre virtuoso y de buen criterio puede aguantar de sobra semejantes flaquezas en esas almas.

3° Considérese no sólo la parvedad de la materia, sino la ausencia de cual­quier falta.

En efecto, son cosas indiferentes de por sí, y que no pueden til­darse de faltas, las que hemos de soportar en el prójimo. Tales son ciertas facciones del rostro, fisonomía, timbre de voz, modales que no nos agra­dan, ajes del cuerpo o del alma que nos repugnan, etc. Recordemos tam­bién aquí la diversidad de caracteres y su posible choque con el nuestro. Uno es naturalmente alegre, el otro serio; hay quien es tímido y quien es atrevido; éste es demasiado lento y se le ha de esperar, aquél es demasia­do vivo e impetuoso y quisiera hacernos coger el paso del tren o del telégrafo. La razón pide que vivamos en paz en medio de esa diversidad de temperamentos, y nos acomodemos al talante de los demás con flexibili­dad, paciencia y benignidad. Alterarse por esa diferencia de temperamen­to estaría tan fuera de razón como enfadarse porque haya a quien le agra­de una fruta o un confite que a nosotros no nos gusta.

4° Todos necesitamos que nos aguanten.

IMG_7939No hay nadie tan bueno y cabal, que pueda prescindir de la comprensión ajena.

// Hoy me tocará tolerar con paciencia a una persona; mañana le tocará a [339] ella, o a otra, aguantarme a mí. Sería totalmente injusto pedir miramientos, cortesía, y no corresponder sino con altanería y rudeza.

¿Te atreverías a decir que no tienes defectos, absolutamente nada que pueda molestar al prójimo? Escucha lo que se respondió a alguien que se las daba de perfecto:

«Hermano, aunque se crea buen religioso y yo mismo le tenga por tal, le con­fieso que sufro un martirio con usted. No quiere pan sino tierno, porque tiene mala dentadura; yo no lo puedo tolerar, me resulta indigesto y sólo quisie­ra pan duro. Ha dado usted orden de que le traigan la sopa muy caliente, casi hirviendo; a mí me gusta fría. No permite que sirvan ensalada, porque está débil de pecho; yo no comería otra cosa, y no tenerla me supone un gran sacrificio. No quiere usted ver en la mesa otra fruta que la cocida; a mí no me gusta más que la cruda e incluso sin madurar del todo. No puede aguantar la menor corriente, y nos obliga a mantener siempre cerradas to­das las ventanas; yo no estoy a gusto sino al aire libre; de seguir mis prefe­rencias y tratarme conforme a lo que necesito, abriría de par en par todas las puertas y ventanas. Durante los recreos siempre quiere estar sentado; con frecuencia, yo preferiría pasear. Todavía hay un sinnúmero de cosas que usted hace por necesidad o por antojo, que me aburren y fastidian a más

no poder. // Es usted un iluso, querido hermano, si piensa que nadie tiene  [340] la menor cosa que sufrir junto a usted. A pesar de su virtud, que reconoz­co, le puedo asegurar que es para mí causa de continuos sacrificios y aguante; pero no se lo digo en son de queja, porque tengo también mis defectos y necesito que usted me los tolere».

5° Los lazos que nos unen con las personas a las que hemos de aguan­tar.

Abrahán decía a Lot: Ruégote no haya disputa entre nosotros, ni entre mis pastores y los tuyos, pues somos hermanos (Gn 13, 8). ¡Qué motivo más hermoso y conmovedor! Las personas cuyos defectos hemos de tolerar son, efectivamente, hermanos nuestros en Jesucristo: todos los miembros del instituto somos hijos del mismo padre, nuestro fundador; no tenemos sino una madre, la Virgen santísima. Oigamos a nuestro venerado padre cuando exclama: «¿Puede acaso nuestra divina Madre contemplar insensible que mantegamos sentimientos rencorosos o de mera antipatía contra algún her­mano, al que ella ama tal vez más que a nosotros mismos? Os lo pido por Dios, ¡no causemos semejante pena y dolor a su corazón de Madre!».

Las personas a las que hemos de aguantar son amigos de Jesucristo: com­parten nuestra vocación, forman con nosotros una sola familia, trabajan con el mismo fin que nosotros; contamos con ellos para el desempeño de nues­tro oficio; son nuestros colaboradores en un ministerio común. ¡Cuántos mo­tivos para amarlos, prestarles servicios y soportar con toda paciencia sus defectos! [341]

6° La excelencia de esas virtudes.

IMG_7973Ahora me arrepiento de haberlas // lla­mado «menores», pero no es mía esa expresión, es de san Francisco de Sales. Son pequeñas porque apuntan, por su objeto, a cosas menudas: una palabra, un gesto, una mirada, un detalle de cortesía; pero son muy grandes, si uno examina el principio que las informa y el fin que tienen.

Para un buen religioso, la práctica de las virtudes menores es un continuo ejercicio de caridad para con el prójimo. Ahora bien, la caridad es la prime­ra y más excelente de las virtudes. Por eso, el ejercicio de las virtudes me­nores es el que forma a los hombres sólidamente virtuosos: razón de mucho peso, que nos las hace amar y facilita su práctica.