Sagrados Corazones


La espiritualidad en la que fue formado San Marcelino Champagnat promovía la contemplación de un hermoso misterio que, a su vez, nos invita a contemplar nuestra propia humanidad. Los Sagrados Corazones de Jesús y de María laten al ritmo de la voluntad del Padre. Hoy día sabemos que de los primeros sonidos que escucha el ser humano en el vientre materno son los latidos del corazón de su madre, dando el ritmo de la vida y el desarrollo del feto. En cada latido del corazón de María, Jesús conocía los gozos y los retos de la humanidad que estaba siendo ya redimida desde el vientre de nuestra Señora.

Te invitamos a leer, meditar y reflexionar sobre el artículo presentado en esta entrega. Transcribimos íntegramente un escrito de Mariano Varona, de quien podemos afirmar que el ritmo de su corazón es un ritmo marista.


LA UNIDAD JESÚS – MARÍA

Tomado de VARONA, M. (1988) Jesucristo en la Espirutalidad y Escritos de M. J. B. Champagnat. Tesina Universidad Gregoriana: Roma.

Nota: Los números entre paréntesis corresponden al número de carta de Champagnat en la clasificación de Paul Sester.

Este es uno de los temas cristológicos más recurrentes en las cartas de Marcelino, llama la atención la cantidad de veces que asocia estos dos nombres. Entre las principales expresiones con las que se refiere al tema encontramos:

“Estar en las manos de Jesús y María”

Manifiesta su actitud de confianza y abandono. Jesús y María serán su recurso habitual en los momentos de dificultad, incomprensión y desolación. La confianza en su apoyo y protección lo mantendrán sereno en momentos de prueba.

La carta escrita a Mons. de Pins en 1827, cuando la Congregación pasa por momentos difíciles, es una clara muestra de esta actitud:

“Jesús y María: en ellos confío, a pesar de estos tiempos de perversión” “Jesús y María serán siempre el firme apoyo de mi confianza” (6)

Lo mismo en las carta que escribe once años más tarde al Hno. Francisco para notificarle sobre los trámites para obtener la aprobación de la Congregación.

Sigue siendo muy cierto que estamos en las manos de Jesús y María. Récenles mis queridos hermanos, que se cumpla la santa voluntad de Dios y tratemos de no querer, sino lo que Dios quiere”(195)

“sigo teniendo gran confianza en Jesús y María. No dudo que lo conseguiremos, pero desconozco el momento. Lo que importa por encima de todo, es no hacer por nuestra parte sino lo que Dios quiere que hagamos” (197)

Son expresiones que revelan una actitud filial del abandono del pobre que no confía en sus propios medios, sino en la gracia de Dios. A Champagnat sólo le preocupa una cosa: el cumplimiento de la voluntad de Dios. No importa el cómo. Esta actitud es, a la vez, enseñanza para sus hermanos.

Al escribir al Hno. Marie Laurent le anima a sobrellevar sus pruebas confiándose en Jesús y María, su suerte no puede estar en mejor lugar que en el altar y en los brazos de la Madre:

Desde que la recibí no subo nunca al Santo Altar sin encomendarlo a Aquel en quien no se espera en vano, que puede hacernos remontar los mayores obstáculos. No desconfíe nunca de su salvación: está en buenas manos: María; ¿no es María su refugio y su buena Madre? Cuanto mayores son sus necesidades, más interesada está ella en correr a su ayuda”

La salvación no es obra de los hombres ni depende de su esfuerzo. María es Buena Madre que entrega a Cristo. Su función maternal sigue en los cristianos. Las necesidades del hijo mueven la compasión y la ayuda de la Madre.

“Jesús y María, el único tesoro”

En la experiencia de Champagnat, la confianza y el abandono en Jesús y María se fundamentan en la certeza de saber que ellos son la razón de ser de su propia vida y vocación.

Reconocer a Jesús (y María) como el único tesoro y recompensa es calar en el corazón mismo de la Vida Religiosa, en su cristocentrismo: Jesús es el sentido último de la consagración.

En la circular que escribe a los hermanos con motivo de las vacaciones de 1833 les dice:

“Deseo que Jesús y María sean siempre su único tesoro. Si en el camino de la perfección hacen tantos progresos como yo deseo, adelantarán mucho” (29)

Los progresos que realizaran en el camino de la perfección estarían en directa relación con el proceso de desprendimiento que permitirían enriquecerse con Jesús y María. Marcelino experimenta con crudeza la realidad de la cruz y aprende que para conseguir el tesoro es necesario venderlo todo y que para llegar a la intimidad con Jesús y María es necesaria la muerte de sí mismo. Por eso intenta que la virtud de sus hermanos se cimiente en principios evangélicos sólidos.

En 1837 escribe al Hno. Euthyme:

“Tenga ánimo, querido hermano, Jesús y María serán su recompensa; en las tentaciones llámelos en su ayuda, nunca permitirán que sucumba” (102)

Los hermanos percibían en la práctica cotidiana que el Instituto no poseía muchos bienes y propiedades, ni eran ricos en recursos humanos. Sin embargo, percibían también que la confianza y la seguridad eran depositadas en la posesión de Jesús y María. Así lo manifiesta Marcelino a Mons. Pompallier, en 1837:

“María, sí, sólo María es nuestra prosperidad, sin María no somos nada y con María lo tenemos todo, porque María tiene siempre a su adorable hijo o en sus brazos o en su corazón” (194)

 “Con Jesús y María siempre”

 Son varias las cartas que expresan el siguiente deseo: “¡Qué Jesús y María estén siempre con usted!”(24)

En la mentalidad de Champagnat, este deseo es lo mejor que puede ofrecer. Tener a Jesús y a María es tenerlo todo. A través de esta sencilla expresión confidencia a los hermanos el eje principal de su experiencia espiritual: la totalidad y la exclusividad de Dios en la propia vida, mediada por Jesús y María.

En Jesús y María se declara padre de los hermanos:

“les aseguro que seré siempre con sumo gusto su afectísimo padre en Jesús y María” (1)

“Tengo el honor de ser su afectísimo padre en Jesús y María” (14)

Les manifiesta su amor:

Diga muy querido amigo, diga a sus queridos colaboradores cuánto los aprecio, cuanto los amo en Jesús y María” (63)

“En unión con Jesús y María y en dulce desahogo de mi corazón les quiero decir, mis carísimos hermanos, cuánto los amo” (210)

Les entrega la Regla:

“Les ruego reciban esta Regla, que anhelan desde hace tanto tiempo, en los dulces nombres de Jesús y María” (89)

Da gracias por cuanto le sucede:

“He hecho el camino sin haber sufrido, como me temía, los dolores que experimento de ordinario, gracias sean dadas a Jesús y María” (67)

Ellos son su modelo, su refugio, su guía y su apoyo, su fuerza y su todo.

Dos lugares privilegiados: los Sagrados Corazones de Jesús y María

Una variante del tema Jesús María es la referencia a sus Sagrados Corazones. Champagnat vive en un momento de la historia, el Romanticismo, donde los aspectos afectivos de la religiosidad son especialmente considerados, y un período de la Iglesia donde la devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en alza. El corazón es el simbolismo a través del cual se manifiesta la persona misma, su alma, su interior, el conjunto de sus sentimientos.

San Juan Eudes (1601- 1680) fue quien primero acuñó la idea de unir los Corazones de Jesús y María. Hablaba de un sólo corazón para dos personas: el Corazón de Jesús y María. Según su doctrina, el corazón de Jesús es el corazón de María: Cristo vive y reina plenamente en ella y María vive de la vida de Jesús. Cristo es el corazón del corazón de su Madre, lo más íntimo de ella y la razón de su vida.

Champagnat, hombre dotado de gran riqueza afectiva y con fuerte sentido práctico, simplifica la expresión y la adapta a la vida sencilla de los hermanos. Para él también ambos corazones deben ir unidos, ya que no entiende a María sino con Jesús en los brazos o en el corazón.

Habitualmente ocupa la fórmula de despedida “los dejo en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” dando una connotación de abandono filial, de confianza, de seguridad, de protección y cuidado.

Participa, asimismo, de la intuición eudista de los SSCC como lugar de contemplación.

En dos cartas sugiere esta pasividad contemplativa con una formulación muy sencilla:

“Los dejo a los dos en los Sagrados Corazones de Jesús y de María, ¡ya ve qué buenos lugares!”(19)

“Los dejo a todos en los Sagrados Corazones de Jesús y de María, ¡qué buenos lugares, se está bien!”(49)

Las cartas, a través de esta evocación de los SSCC, ayudan a descubrir líneas fuerza de la espiritualidad de Champagnat: sencillez como actitud filial, abandono en Jesús y María, confianza como actitud básica de relación espiritual.

La fórmula SSCC tiene diferentes matices y variaciones según los destinatarios y los estados afectivos de Marcelino:

“Un abrazo en los Sagrados Corazones de Jesús y María donde los dejo” (24) al Hno. Bartolomé.

“Tengo el honor de ser todo suyo en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” (70) al Sr. Douillet.

“A Dios mi querido amigo, ya sabe que los quiero a todos en los Sagrados Corazones” (204) al Hno. Víctor.

“Todo suyo en los Sagrados Corazones de Jesús y María. Tengo el honor de ser su afectísimo servidor” (174) al Hno. Francisco.

Los SSCC son, finalmente, el lugar ideal para entablar el diálogo y llegar a una comunión total. Así se los manifiesta a Mons. Benigne du Trousset d’ Hericourt, obispo de Autun:

“Le ruego, Monseñor, se sirva fijar el momento y el lugar de nuestra entrevista para que podamos arreglarlo todo y que, a partir de ahora, la Sociedad de María y Su Excelencia no tengan más que un solo corazón y un mismo espíritu en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” (268).


 

Pequeñas virtudes

07 @` Valla (28)En la tradición marista tenemos una serie de virtudes que fomentamos de manera sencilla. Marcelino les llamaba “las pequeñas virtudes“. Leemos en los números 98 y 99 de Agua de la Roca, el documento que orienta la Espiritualidad Marista: 

Marcelino nos muestra cómo hemos de formar comunidades de misión y vivir en ellas. Al darnos el nombre de Hermanitos de María, él mismo sintetizó la identidad fundamental de su comunidad, basada en la virtud evangélica de la sencillez, la llamada a la fraternidad, y la contemplación de la persona de María.

Esta identidad se expresa particularmente mediante la práctica de las pequeñas virtudes. Para Marcelino esta práctica era un medio de vivir las actitudes de María en la vida cotidiana. Él estaba convencido de que estas virtudes o actitudes eran expresiones vivas del amor.

A continuación transcribimos el capítulo XXVIII de las Enseñanzas Espirituales de San Marcelino Champagnat. Te invitamos a leerlo y a responderte estas preguntas: ¿Qué pequeña virtud necesito desarrollar en mi vida? ¿Cómo puedo invitar a otros a vivir estas pequeñas virtudes?


LAS VIRTUDES MENORES: ÚNICO MEDIO DE ESTABLECER

Y FOMENTAR LA UNIÓN Y EL ORDEN EN LAS COMUNIDADES

 

El hermano Lorenzo fue un día a ver al padre Champagnat y, con su acos­tumbrada sencillez, le dijo:

  Padre, vengo a manifestarle algo que me da mucha pena.

  Bienvenido, hermano Lorenzo. Diga, dígame pronta y francamente el mo­tivo de su pena.

  En la casa a la que me destinó hace pocos días, somos seis hermanos. Si no me equivoco, creo poder afirmar que observamos la regla en todos sus puntos. Los hermanos, en mi opinión, son todos hombres virtuosos, que trabajan con celo en su santificación y salvación. Me parece que todos bus­camos el bien y nos afanamos por conseguirlo. No obstante, la unión entre nosotros no es perfecta. Esa unión es aún más floja en la comunidad de…, que son nuestros vecinos más próximos y a los que vamos a visitar de vez en cuando. Y eso que son tres hermanos de más reciedumbre cristiana y fervor religioso que nosotros. Pues bien, con frecuencia me pregunto: ¿Cuál puede ser la causa de los leves roces que hay entre nosotros? ¿Por qué no es perfecta la unión entre hermanos tan observantes y que tanto se afanan [329] por su adelanto espiritual? ¿Cómo es posible que la caridad perfecta, // la unión de los corazones y la conformidad de sentimientos dejen que desear entre nuestros hermanos vecinos, que son, así y todo, hombres de virtud sólida? Ese es el motivo de mi pena, padre. Tenga la bondad de darme una explicación del porqué de tantas desavenencias domésticas y señalarme sus remedios.

09 Saint Genis Laval (32)Querido hermano, tiene razón al decir que los hermanos con los que está viviendo y los de la comunidad vecina son virtuosos: lo son de veras y le confieso con sumo agrado que los tengo por buenos religiosos. ¿A qué se debe que no haya unión perfecta entre todos ellos? Podría limitarme a de­cirle que en todas partes cuecen habas y que aun los hombres más virtuo­sos tienen defectos y están expuestos a cometer faltas, ya que el justo dice la sagrada Escritura cae siete veces al día. Pero me parece mejor tratar seriamente el problema y explicarle bien mi parecer sobre este punto.

Se puede ser sólidamente virtuoso y tener mal carácter. Pero ocurre que, para alterar la unión de una comunidad y hacer sufrir a todos sus miembros, basta el mal talante de un solo hermano. Puede uno ser regular, piadoso y tener afán de santificación; puede uno, en una palabra, amar a Dios y al pró­jimo sin tener la perfección de la caridad, a saber, las virtudes menores, que son como los frutos, el adorno y corona de la caridad. Pues bien, sin la prác­tica diaria, habitual, de las virtudes menores, no se da la unión perfecta en las comunidades. El descuido o la carencia de las virtudes pequeñas: ésa es la causa principal, y tal vez la única, de las disensiones, // divisón y discordia [330] entre los hombres.

  Dispense, padre, pero no acabo de ver qué entiende por virtudes meno­res. ¿Tendría la bondad de explicármelo?

  Aunque es un poco larga la enumeración y definición de dichas virtudes, se la voy a dar. Son virtudes menores o escondidas:

1. La indulgencia

o facilidad para excusar las faltas ajenas, reducirlas a menos e incluso perdonarlas, aunque no pueda uno permitirse semejante in­dulgencia consigo mismo. San Bernardo nos ofrece un ejemplo maravilloso de ese espíritu de indulgencia. «Hermanos decía a sus monjes, podéis tratarme como os parezca, me he propuesto amaros siempre, aunque no me améis vosotros. Seguiré afecto a vosotros, aun a vuestro pesar. Si me lanzáis insultos, los aguantaré pacientemente; agacharé la cabeza ante los denuestos; venceré vuestros rudos modales con nuevos beneficios; iré al encuentro de quienes rechacen mis atenciones; haré bien a los ingratos; hon­raré a los que me desprecien, ya que somos todos miembros del mismo cuerpo».

2. La disimulación caritativa,

que no se da por enterada de los defectos, yerros, faltas o despropósitos del prójimo, y todo lo aguanta sin protestar ni quejarse: Revestíos de entrañas de compasión… sufriéndoos y perdonán­doos mutuamente (Col 3, 1213). Os conjuro que andéis con paciencia, so­portándoos unos a otros con caridad (Ef 4, 12), exhorta san Pablo. ¿Por qué no dice el Apóstol: reprended, corregid, castigad, sino soportad? Porque, ge­neralmente, no tenemos encargo de corregir, oficio propio de los superiores [331]; nuestro deber es solamente soportar. Porque, incluso // si nos repren­den, hemos de aguantar, pues hay defectos que sólo se curan con el ejercicio de la paciencia y de la tolerancia. Los hay, además, que aun en las almas virtuosas no se corrigen a pesar de todos los esfuerzos, y que Dios deja para que se ejerciten en la virtud el que los tiene y los que han de vivir con él.

3. La compasión,

que comparte las penas de los que sufren para suavi­zárselas, llora con los que lloran, participa en las dificultades de todos y se afana por aliviarlas, o carga personalmente con ellas.

4. La alegría santa,

07 La Valla (10)que toma también para sí los gozos ajenos con el fin de acrecentarlos y proporcionar a sus colegas todos los consuelos y dicha de la virtud y de la vida de comunidad. San Pablo nos ofrece un admirable ejemplo de la caridad que adopta todas las formas para ser útil al prójimo: Híceme flaco con los flacos, por ganar a los flacos. Híceme todo para todos, por salvar a todos (1 Co 9, 22). ¿Quién enferma, que no enferme yo con él? ¿quién se escandaliza, que yo no me requeme? (2 Co 11, 29).

San Cipriano, que seguía fielmente las huellas del Apóstol, decía a su grey: «Hermanos míos, comparto todos vuestros dolores y todas vuestras alegrías; estoy enfermo con los enfermos, el amor que os profeso me hace sentir to­das vuestras aflicciones y todas vuestras alegrías».

5. La tolerancia,

que no impone nunca, sin graves motivos, las propias [332] opiniones a nadie, //sino que admite fácilmente Io que haya de bueno y juicioso en las ideas de un hermano, y aplaude sin dentera sus aciertos y pareceres, con miras a salvar la unión y la caridad fraterna. Huye de contiendas de palabras (2 Tm 2, 14), manda san Pablo. Hay quien replicará. Mi actitud está justificada, no puedo tolerar las necedades o tonterías de los herma­nos. Oíd lo que contesta Belarmino: «Una onza de caridad vale más que cien libras de razón». Manifestad vuestra opinión con miras a fomentar el diá­logo, pero luego dejad que la rebatan sin defenderla: es preferible ceder y transigir con lo que digan los demás. San Eloy decía que, en esa clase de lides, el vencedor es el que cede, porque supera a los otros en virtud. San Efrén aseguraba que siempre había cedido en las discusiones, con el fin de mantener la paz general, y san José de Calasanz agregaba: «Quien desee la paz, no contradiga a nadie».

6. La solicitud caritativa,

que se adelanta a las necesidades del prójimo para ahorrarle la pena de sentirlas y la humillación que supone tener que pedir ayuda. Es la bondad de corazón, incapaz de negar nada, que está siem­pre al acecho para prestar servicio, complacer y obsequiar a todos. San Hugo, obispo de Grenoble, se retiraba de vez en cuando a la Cartuja Mayor para vivir, bajo la guía de san Bruno, como un religioso más. En cierta ocasión le tocó ser compañero de un monje llamado Guillermo. (En cada celda o casita vivían entonces dos cartujos.) Pues bien, fray Guillermo se quejó amar­gamente del obispo ante san Bruno. ¿Sabéis cuál fue su queja? Que, // con [333] gran pesar suyo, el santo obispo realizaba las faenas más humildes y penosas, y se portaba no como compañero, sino como fámulo, prestándole los servicios más bajos. Rogó, pues, instantemente a san Bruno que moderara aquella humildad y solicitud del santo obispo y diera orden de que las labores humildes de la celda fuesen compartidas igualmente por los dos. A su vez, san Hugo suplicaba también con insistencia a san Bruno que le permi­tiera satisfacer su devoción y entregarse con solicitud al servicio de su hermano. Tales son las contiendas de los santos. ¡Cuán adecuadas para fomentar la paz!

7. La afabilidad,

IMG_6577que atiende a los importunos sin manifestar la menor im­paciencia y está siempre lista para correr en ayuda de los que reclaman su auxilio; que instruye a los ignorantes sin aparentar cansancio ni fastidio. San Vicente de Paúl nos ofrece un maravilloso ejemplo de esta virtud. Se le vio interrumpir el diálogo que mantenía con personas de condición noble, para repetir cinco veces el mismo encargo a alguien que no acababa de enten­derlo, y decírselo la última vez con la misma serenidad que la primera. Se le vio escuchar, sin el menor asomo de impaciencia, a personas humildes que hablaban torpe y prolongadamente; se le vio, abrumado de negocios como solía estar, permitir que, treinta veces en un día, le interrumpieran personas escrupulosas que no hacían sino repetirle machaconamente las mismas cosas con términos diferentes; escucharlas hasta el final con admira­ble paciencia, escribirles a veces de su puño y letra lo que les había dicho, y explicárselo con más detención cuando no acababan de entenderlo; [334] finalmente, interrumpir // el rezo del oficio y el sueño para prestar servicio al prójimos

8. La urbanidad y decoro.

Es la inclinación a anticiparse a todos en testi­moniar respeto, miramientos y deferencias, y a ceder siempre el primer puesto para honrar a los demás. Anticipaos unos a otros en /as señales de honor y deferencia (Rm 12, 10), aconseja san Pablo. Tributadas con sinceri­dad, tales deferencias fomentan el amor mutuo, igual que el aceite sirve de pábulo para la llama de la lámpara: sin esos miramientos se apagan la unión y la caridad fraterna.

A todo el mundo le gusta verse honrado, y ello se debe a un sentimiento recóndito que nos hace sentir mucho el desprecio y nos vuelve pundono­rosos: de ahí que le agrade a uno verse tratado con respeto y se crea obli­gado a pagar con idéntica moneda. «Ama dice san Juan Crisóstomo y se te amará; alaba a los demás, y ellos te alabarán; respétalos, y te respeta­rán; condesciende con ellos, y tendrán para contigo toda clase de miramientos».

No maltrates a nadie, no faltes a nadie; guárdate de despreciar a uno solo de tus hermanos, o manifestarle rudeza porque tiene defectos. ¿Te mofas de tu mano o tu pie cuando tienen úlceras, malformaciones o magulladu­ras? ¿No los cuidas, por el contrario, con más solicitud? ¿No los tratas con más delicadeza que cuando estaban sanos?.

9. La condescendencia,

que satisface sin dificultad los deseos del prójimo [335], no teme rebajarse por complacer a los inferiores, atiende // con gusto sus razones, aunque alguna vez carezcan de fundamento.

«Tener condescendencia dice san Francisco de Sales es doblegarse al beneplácito de todos en cuanto no vaya contra la voluntad divina o la recta razón; ser susceptible, cual bola de cera blanda, de recibir todas las formas, con tal de que sean buenas, y no buscar los propios intereses sino los del prójimo y la gloria de Dios. La condescendencia es hija de la caridad, pero hay que evitar el confundirla con cierta debilidad de carácter que impide co­rregir las faltas ajenas cuando hay obligación de hacerlo: no se trata, en tal caso, de un acto de virtud, sino al revés, de participación en las faltas del prójimo)). La condescendencia con el talante ajeno y el soportar al prójimo eran las virtudes predilectas de san Francisco de Sales. No cesaba de acon­sejarlas a los que se ponían bajo su guía. Decía con frecuencia que es mucho más fácil amoldarse uno a los deseos de los demás, que pretender do­blegar todo el mundo al propio humor y a las opiniones personales. No se podía dar con persona más complaciente y mansa que él, pero tampoco más hábil y animosa para corregir y reprender

10. La abnegación y entrega en favor del bien común,

que inclina a pre­ferir los intereses de la comunidad e incluso los de cada uno de sus miem­bros a los propios, y a sacrificarse por el bien de los hermanos y la prospe­ridad de la congregación.

11. La paciencia,

que se calla, aguanta, sigue aguantando, y no se cansa nunca de //hacer favores aun a los ingratos. [336]

San Euquerio, abad, era tan paciente, que llevaba esa virtud hasta el extre­mo de dar las gracias a los que le hacían sufrir.

El hombre colérico se parece al enfermo de calentura, y el hombre pacien­te al médico que mitiga los accesos de fiebre y devuelve la dicha y la paz a los que la han perdido por la ira.

Guardaos de la impaciencia y alteración ante los defectos ajenos. «Si vieras a uno que se arroja al río dice san Buenaventura, ¿darías pruebas de pru­dencia arrojándote también, sólo porque él se haya arrojado?». Tolerad, pues, con paciencia las imperfecciones, defectos y molestias del prójimo: no hay mejor remedio para tener paz y fomentar la unión con todos.

12. La ecuanimidad y buen talante,

Champagnat `1940que ayuda a conservar el equilibrio; a no dejarse llevar de una alegría loca, del arrebato, el tedio, la melancolía o el mal humor; antes bien, a permanecer siempre bondadoso, alegre, afa­ble y satisfecho de todo.

Las virtudes menores son virtudes sociales, es decir, útiles a más no poder para todo el que viva en la sociedad de los seres racionales. Sin ellas no se podría gobernar este mundo pequeño en el que nos toca vivir, y las comu­nidades se hallarían en continuo alboroto y desorden. Sin la práctica de tales virtudes no hay paz doméstica, que es el mejor alivio en medio de las penas que nos afligen en este valle de lágrimas. ¡Ay!, qué desdichada es la comunidad en la que no se hace caso alguno de las virtudes pequeñas: [337] superiores y súbditos, jóvenes y ancianos, todos viven // en discordia. Sin el amor y la práctica de esas virtudes no es posible que tres religiosos vivan juntos bajo el mismo techo. Sin el amor y la práctica de esas virtudes la casa religiosa se convierte en un presidio o un infierno.

¿Queréis que vuestra casa se convierta en un paraíso de concordia? Daos a la práctica fiel de las virtudes menores: ellas son las que constituyen la dicha de las casas religiosas.

Voy a exponerle todavía unos motivos que nos pueden animar a la práctica de esas virtudes:

1.° Las flaquezas del prójimo.

Sí, todos los hombres son débiles, y por eso hay tantos defectos. Este es suspicaz y examina minuciosamente cuanto se dice o hace; ése es picajoso y continuamente le acosa la idea de que se le mira mal, se le falta, se desconfía de él, etc. Aquél es víctima del desa­liento y la menor dificultad le amilana, le vuelve melancólico, pesado para sí y para los demás. El de más allá es vivo como la cendra, se inflama en cuanto se le dirige una palabra. En resumidas cuentas, cada uno tiene su flaco y propensión a diversos defectillos e imperfecciones que han de aguantarse y que proporcionan continuas ocasiones de practicar las virtudes pe­queñas. Es justo y razonable tolerar esas flaquezas y se han de aguantar, por consiguiente, todas las debilidades del prójimo.

2° La pequeñez de los defectos que se han de soportar.

La mayor parte de los religiosos, por su virtud y a menudo por simple educación, no incurren [338] en defectos groseros. Bien miradas, las flaquezas que hemos de // soportar en nuestros hermanos son, las más de las veces, meras imperfec­ciones, arranques de genio, debilidades que de ningún modo empecen para que sean, los que las tienen, almas selectas, de fondo excelente, de conciencia timorata y virtud sólida. Un hombre virtuoso y de buen criterio puede aguantar de sobra semejantes flaquezas en esas almas.

3° Considérese no sólo la parvedad de la materia, sino la ausencia de cual­quier falta.

En efecto, son cosas indiferentes de por sí, y que no pueden til­darse de faltas, las que hemos de soportar en el prójimo. Tales son ciertas facciones del rostro, fisonomía, timbre de voz, modales que no nos agra­dan, ajes del cuerpo o del alma que nos repugnan, etc. Recordemos tam­bién aquí la diversidad de caracteres y su posible choque con el nuestro. Uno es naturalmente alegre, el otro serio; hay quien es tímido y quien es atrevido; éste es demasiado lento y se le ha de esperar, aquél es demasia­do vivo e impetuoso y quisiera hacernos coger el paso del tren o del telégrafo. La razón pide que vivamos en paz en medio de esa diversidad de temperamentos, y nos acomodemos al talante de los demás con flexibili­dad, paciencia y benignidad. Alterarse por esa diferencia de temperamen­to estaría tan fuera de razón como enfadarse porque haya a quien le agra­de una fruta o un confite que a nosotros no nos gusta.

4° Todos necesitamos que nos aguanten.

IMG_7939No hay nadie tan bueno y cabal, que pueda prescindir de la comprensión ajena.

// Hoy me tocará tolerar con paciencia a una persona; mañana le tocará a [339] ella, o a otra, aguantarme a mí. Sería totalmente injusto pedir miramientos, cortesía, y no corresponder sino con altanería y rudeza.

¿Te atreverías a decir que no tienes defectos, absolutamente nada que pueda molestar al prójimo? Escucha lo que se respondió a alguien que se las daba de perfecto:

«Hermano, aunque se crea buen religioso y yo mismo le tenga por tal, le con­fieso que sufro un martirio con usted. No quiere pan sino tierno, porque tiene mala dentadura; yo no lo puedo tolerar, me resulta indigesto y sólo quisie­ra pan duro. Ha dado usted orden de que le traigan la sopa muy caliente, casi hirviendo; a mí me gusta fría. No permite que sirvan ensalada, porque está débil de pecho; yo no comería otra cosa, y no tenerla me supone un gran sacrificio. No quiere usted ver en la mesa otra fruta que la cocida; a mí no me gusta más que la cruda e incluso sin madurar del todo. No puede aguantar la menor corriente, y nos obliga a mantener siempre cerradas to­das las ventanas; yo no estoy a gusto sino al aire libre; de seguir mis prefe­rencias y tratarme conforme a lo que necesito, abriría de par en par todas las puertas y ventanas. Durante los recreos siempre quiere estar sentado; con frecuencia, yo preferiría pasear. Todavía hay un sinnúmero de cosas que usted hace por necesidad o por antojo, que me aburren y fastidian a más

no poder. // Es usted un iluso, querido hermano, si piensa que nadie tiene  [340] la menor cosa que sufrir junto a usted. A pesar de su virtud, que reconoz­co, le puedo asegurar que es para mí causa de continuos sacrificios y aguante; pero no se lo digo en son de queja, porque tengo también mis defectos y necesito que usted me los tolere».

5° Los lazos que nos unen con las personas a las que hemos de aguan­tar.

Abrahán decía a Lot: Ruégote no haya disputa entre nosotros, ni entre mis pastores y los tuyos, pues somos hermanos (Gn 13, 8). ¡Qué motivo más hermoso y conmovedor! Las personas cuyos defectos hemos de tolerar son, efectivamente, hermanos nuestros en Jesucristo: todos los miembros del instituto somos hijos del mismo padre, nuestro fundador; no tenemos sino una madre, la Virgen santísima. Oigamos a nuestro venerado padre cuando exclama: «¿Puede acaso nuestra divina Madre contemplar insensible que mantegamos sentimientos rencorosos o de mera antipatía contra algún her­mano, al que ella ama tal vez más que a nosotros mismos? Os lo pido por Dios, ¡no causemos semejante pena y dolor a su corazón de Madre!».

Las personas a las que hemos de aguantar son amigos de Jesucristo: com­parten nuestra vocación, forman con nosotros una sola familia, trabajan con el mismo fin que nosotros; contamos con ellos para el desempeño de nues­tro oficio; son nuestros colaboradores en un ministerio común. ¡Cuántos mo­tivos para amarlos, prestarles servicios y soportar con toda paciencia sus defectos! [341]

6° La excelencia de esas virtudes.

IMG_7973Ahora me arrepiento de haberlas // lla­mado «menores», pero no es mía esa expresión, es de san Francisco de Sales. Son pequeñas porque apuntan, por su objeto, a cosas menudas: una palabra, un gesto, una mirada, un detalle de cortesía; pero son muy grandes, si uno examina el principio que las informa y el fin que tienen.

Para un buen religioso, la práctica de las virtudes menores es un continuo ejercicio de caridad para con el prójimo. Ahora bien, la caridad es la prime­ra y más excelente de las virtudes. Por eso, el ejercicio de las virtudes me­nores es el que forma a los hombres sólidamente virtuosos: razón de mucho peso, que nos las hace amar y facilita su práctica.


Don Chepo

H. JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ALANÍS.

+ 4 de noviembre de 2018

Reseña escrita por  el Hno. Carlos Martínez Lavín 

Don Chepo fue un hermano de exquisita sensibilidad fraterna. Nuestro H. Provincial, José Sánchez, anunció a los hermanos su encuentro con nuestro buen Padre Dios con estas palabras: “Esta mañana el H. José Luis Rodríguez Alanís, nuestro querido Chepito ha hecho su pascua al Padre. Nos unimos este domingo al agradecimiento por su vida, por su alegría, su ternura, su delicadeza, su cercanía y preocupación por los hermanos. Muchos hermanos y laicos hemos sido bendecidos por su presencia así como su familia. María lo ha recibido y junto con Ella intercede por nosotros. Celebremos su vida viviendo a plenitud como él”. Nuestro biografiado vio la luz en el mágico pueblo del Oro, en el Estado de México, un 10 de junio del año 1919. Fue el menor de una familia formada por ocho hermanos, sus Padres don José Trinidad, mecánico tornero de profesión y Doña María, hacendosa ama de casa y madre dedicada de tiempo completo al cuidado y educación de sus hijos, supieron inculcar en todos ellos sólidas virtudes cristianas y un profundo espíritu de familia. El color de su piel clara, que contrastaba con la tez oscura de su hermano mayor Jesús, hizo que fuera conocido en la familia desde pequeño con el sobrenombre cariñoso de “el güero”. Con el propósito de favorecer el que los hijos pudieran realizar estudios, la familia de don José Trinidad y doña María se trasladó a la ciudad de México, el primero que se adelantó fue Jesús, el hijo mayor, que los primeros años vivió con unas tías, luego le siguieron los papás y el resto de los hijos. Fue así como José Luis quedó inscrito en el Colegio Jalisco. Allí conoció a los hermanos maristas y allí sintió el llamado a ser uno de ellos. Seguramente que en esta decisión la admiración y apreció que sentía hacia su hermano mayor jugó un papel importante.

Perteneció Don Chepo a uno de los últimos grupos que para llevar adelante su formación marista tuvo que dejar familia, amigos, conocidos, lengua y costumbres y partir para Europa el año de 1931 cuando apenas acababa de cumplir los doce años. El día 30 de noviembre de ese año ingresó al Juniorado de Espira de l’Agly, en él permaneció casi cuatro años, el año de 1935 inició su postulantado en Pontós, enseguida vino el Noviciado nuevamente en Espira y un 9 de septiembre del año 1937 emitió sus primeros votos. Su formación se vio zarandeada y forjada por los avatares de la guerra civil española. Eran tiempos de fe profunda en que la confianza en Dios de formadores y formandos se sobrepuso a sobresaltos, peligros y amenazas y en que el seguimiento de Jesús se valoraba más que la conservación de la vida.
Prácticamente no tuvo Escolasticado, pues unos meses después lo encontramos de regreso en México, en la Perla Tapatía el año de 1938, con apenas dieciocho abriles como profesor de Primaria, primero en el Cervantes Colonias y luego en el Cervantes Centro. Fueron siete años en que entregó los mejores bríos de su juventud a los niños. Nunca destacó don Chepo como un brillante profesor, pero el déficit de cualidades pedagógicas lo compensaba ampliamente con un corazón que desbordaba simpatía, entrega, cariño por sus educandos. Si nos atenemos a la máxima de nuestro Fundador: “para educar hay que amar”, nuestro biografiado poseía el “tesoro”, la “perla”, que hace del educador alguien que deja huella en sus alumnos y que los marca de por vida.
El 22 de diciembre de 1942 le dijo a Dios, “contigo para siempre”, mediante la emisión de sus votos perpetuos. Para todos los que lo conocimos fue un hermano sin doblez, franco, directo, de una sola pieza; es cierto que cuando conversaba su lenguaje en ocasiones era titubeante, pero su lenguaje vital no dejaba espacio a dudas, ni a inseguridades, su consagración a Dios fue total y sin reservas.
Esta personalidad que conjugaba alegría, fraternidad, buen espíritu y una gran disponibilidad seguramente explica por qué su paso por las comunidades tuvo algo de fugaz. Fueron muchas las comunidades de las que formó parte a lo largo de su vida, alrededor de treinta, los Superiores sabían que podían contar con él cuando una comunidad pasaba por momentos de dificultad y cuando se requería el cambio de un hermano que viniera a mejorar la calidad de las relaciones humanas y a poner una nota de alegría y de optimismo.
Es así que lo encontramos sucesivamente en los siguientes colegios: Instituto Potosino, Instituto Valladolid, Instituto Queretano, Instituto Franco Mexicano, Centro Universitario México, Instituto Morelos, Escuela Tabasco, Instituto México de Toluca, Instituto México Primaria de la ciudad de México, Colegio México de Orizaba, Instituto Sahuayense, Instituto México Secundaria, en varios de estos colegios estuvo en varias ocasiones.
Estando en Monterrey añadió a su título de maestro de educación primaria, el título de Ingeniero Químico por una de las Universidades locales.
Allí también le tocó experimentar un menudo susto: un domingo en que hermanos lasallistas y maristas disfrutaban de un paseo vespertino y en que se distraían practicando el deporte de la cacería, fue rozado en el cuero cabelludo por una bala que escapó involuntariamente del arma de un cohermano; de inmediato fue trasladado al hospital, afortunadamente los daños aunque escandalosos por la profusión de sangre sólo habían sido epidérmicos.
Don Chepo fue tocado a lo largo de su vida por la inquietud misionera, en varias ocasiones solicitó a los superiores ser enviado a lugares de frontera y de periferia. Aunque su salud era frágil pudo ver cumplidos sus deseos, es así como lo encontramos en 1979 en la Misión de Guadalupe, en 1994 en la comunidad de inserción de Villa Victoria, en 1999 en Pico de Oro en Chiapas y poco tiempo después nuevamente en la Misión de Guadalupe. Su profundo amor a Jesús, María y Marcelino también encontraron proyección en casas de formación: el turbulento año de 1968 y los subsiguientes estuvo colaborando como formador en el Noviciado de Morelia.
Entre sus aficiones figuró el deporte, gustaba de practicar el futbol y el frontón. Cultivó una entrañable y tierna devoción a nuestra Buena Madre, todos los días, en el ocaso de su existencia rezaba cinco o seis rosarios. Nos dio ejemplo de hombre de oración que además de cumplir con las oraciones comunitarias dedicaba tiempos adicionales a conversar con el Señor.
Rebosaba amor a la vida, esto se hizo particularmente patente en la etapa de su atardecer, en las comunidades de Acoxpa y de Amores. Se interesaba por todo lo que ocurría en la Provincia, siempre se mostraba dispuesto para visitar comunidades vecinas, para participar en fiestas y celebraciones, para conversar sobre los más disímiles temas, para viajar lo mismo a la inauguración del teleférico de Aguascalientes que para visitar el Viejo Continente. Tenía detalles de gran finura para con todos: maestros, maestras, alumnos, alumnas, hermanos, familiares, amigos, conocidos. En él se cumplía aquello de aportar la “palabra y el gesto oportunos” que suplicamos en la  celebración eucarística. En ambas comunidades de Acoxpa y de Amores fue foco que irradiaba alegría y esperanza, derribaba barreras y tendía puentes, no tuvo dificultad en sobreponerse a la sordera que en los años finales de su existencia se fue agudizando.
Cultivó de manera particular relaciones afectuosas con sus familiares, se interesaba por sus problemas, los de sus coetáneos y los de cuñados, sobrinos, sobrinos nietos y bisnietos, les brindaba un consejo cariñoso, se dejaba querer y festejar; ellos a su vez le correspondían con cariño y afecto entrañables. Hacia su hermano Jesús, profesó una estima particular, eran muy diferentes: Chucho enérgico, emprendedor, organizado, pedagogo nato, de una personalidad que arrastraba e imponía, ocupó cargos importantes de responsabilidad en la Provincia; Chepo, cercano, espontáneo, sencillo, incondicional colaborador, excelente subdirector en numerosas comunidades; los dos de un gran corazón y de una gran coherencia de vida, nunca percibimos rivalidades entre ambos, cada quién era él mismo y cada quién dejaba al otro ser quien era.
En el festejo que los hermanos le hicimos al cumplir sus ochenta años de vida religiosa elevó la siguiente oración: “María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros tus hermanitos, ayúdanos a seguir a tu Hijo Jesús, camino, verdad y vida, para que así con tu ayuda y la del Espíritu Santo lleguemos al Padre que nos da la vida sin fin, y con paz y amor”.
Todos los hermanos de la Provincia, esperábamos poder celebrarle sus cien años de vida con una fiesta en que íbamos a echar la casa por la ventana. Sería el primer hermano centenario de la Provincia, su salud unos meses antes no presagiaba un declive.
Sin embargo en cuestión de dos semanas una neumonía que lo visitó le fue debilitando los pulmones. Tuvo que ser hospitalizado, el día anterior ya presintiendo que el fin estaba cerca todavía tuvo la ocurrencia de decir a uno de los hermanos que fue a visitarlo: “celebraré mis cien años con mi buen Padre Dios, y si quieren puede haber baile y mariachi”.
Descanse en paz Don Chepo, un hermano maravilloso que vivió su vocación de “hermano” a plenitud, supo “exagerar en fraternidad”, lo hizo de manera espontánea, le brotaba naturalmente hacerlo así; nos ha puesto el listón muy alto. Su vida fue un permanente llamado que nos recuerda la frase del Evangelio de San Juan: “en esto conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a nuestros hermanos” (1 Jn 3,14).