María y el Vaticano II

Durante el Concilio Vaticano II se dieron dos posturas ante la manera en que sería abordado el tema mariano. Una postura, maximalista, iba en la línea de generar un documento especial sobre la Santísima Virgen, resaltando sus privilegios (inmaculada, virginidad perpetua, asunta y coronada en el cielo). Otra postura, la minimalista, prácticamente diluía la presencia de María, limitándola a ser un seguidor más de Nuestro Señor Jesucristo.Guadalupe-bronce

Si bien es cierto que por el cariño tenido a la Virgen muchas veces se ha caído en excesos, como en los que caemos cuando amamos a alguien, también es cierto que minimizar la participación de nuestra Buena Madre en el misterio de la Salvación a un seguimiento más es desconocer la misma Revelación, es decir, los Evangelios.

Compartimos íntegro el capítulo VIII de la Lumen Gentium (Luz de las Gentes), que es la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II. Los padres conciliares situaron a María dentro del misterio de la Iglesia, porque lo que en ella contemplamos (sin mancha, pertenencia total a Dios, celebración en el Cielo) es lo que esperamos de todos los redimidos.


PABLO OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
JUNTAMENTE CON LOS PADRES DEL CONCILIO
PARA PERPETUO RECUERDO

CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA SOBRE LA IGLESIA*

LUMEN GENTIUM

Fragmento.

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CAPÍTULO VIII

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS,
EN EL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

I. Introducción

52. Queriendo Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la redención del mundo, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo, nacido de mujer, … para que recibiésemos la adopción de hijos» (Ga 4, 4-5). «El cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María» [172]. Este misterio divino de la salvación nos es revelado y se continúa en la Iglesia, que fue fundada por el Señor como cuerpo suyo, y en la que los fieles, unidos a Cristo Cabeza y en comunión con todos sus santos, deben venerar también la memoria «en primer lugar de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo» [173]

886093_893409930697749_92669555053604814_o53. Efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la Vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a El con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas. Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de la salvación; y no sólo eso, «sino que es verdadera madre de los miembros (de Cristo)…, por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza» [174]. Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre amantísima, con afecto de piedad filial,

54. Por eso, el sagrado Concilio, al exponer la doctrina sobre la Iglesia, en la que el divino Redentor obra la salvación, se propone explicar cuidadosamente tanto la función de la Santísima Virgen en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo místico cuanto los deberes de los hombres redimidos para con la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, especialmente de los fieles, sin tener la intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones que aún no ha dilucidado plenamente la investigación de los teólogos. Así, pues, siguen conservando sus derechos las opiniones que en las escuelas católicas se proponen libremente acerca de aquella que, después de Cristo, ocupa en la santa Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros [175].

II. Función de la Santísima Virgen en la economía de la salvación

55. Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y vienen como a ponerla delante de los ojos. En efecto, los libros del Antiguo Testamento narran la historia de la salvación, en la que paso a paso se prepara la venida de Cristo al mundo Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y tal como se interpretan a la luz de una revelación ulterior y plena, evidencian poco a poco, de una forma cada vez más clara, la figura de la mujer Madre del Redentor. Bajo esta luz aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en pecado (cf. Gen 3, 15). Asimismo, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, que se llamará Emmanuel (cf. Is 7,14; comp. con Mi 5, 2-3; Mt 1, 22-23). Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de El la salvación. Finalmente, con ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad.

56. Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande. Por lo que nada tiene de extraño que entre los Santos Padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo [176]. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como «llena de gracia» (cf. Lc 1, 28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano» [177]. Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe» [178]; y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes»[179], afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María» [180].

57. Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En primer lugar, cuando María, poniéndose con presteza en camino para visitar a Isabel, fue proclamada por ésta bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, a la vez que el Precursor saltó de gozo en el seno de su madre (cf. Lc 1, 41-45); y en el nacimiento, cuando la Madre de Dios, llena de gozo, presentó a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que, lejos de menoscabar, consagró su integridad virginal [181]. Y cuando hecha la ofrenda propia de los pobres lo presentó al Señor en el templo y oyó profetizar a Simeón que el Hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2, 34-35). Después de haber perdido al Niño Jesús y haberlo buscado con angustia, sus padres lo encontraron en el templo, ocupado en las cosas de su Padre, y no entendieron la respuesta del Hijo. Pero su Madre conservaba todo esto en su corazón para meditarlo (cf. Lc 2, 41-51).

58. En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2, 1-11). A lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cf. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28) a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc 2, 29 y 51). Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27) [182].

59. Por no haber querido Dios manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos que los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste» (Hch 1, 14), y que también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra. Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original [183], terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial [184] y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf.Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte [185].

III. La Santísima Virgen y la Iglesia

SSCC DelegacioPlata760. Uno solo es nuestro Mediador según las palabra del Apóstol: «Porque uno es Dios, y uno también el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos» (1 Tm 2, 5-6). Sin embargo, la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta.

61. La Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia.

62. Esta maternidad de María en la economía de gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna [186]. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora [187]. Lo cual, embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador [188].

Jamás podrá compararse criatura alguna con el Verbo encarnado y Redentor; pero así como el sacerdocio Cristo es participado tanto por los ministros sagrados cuanto por el pueblo fiel de formas diversas, y como la bondad de Dios se difunde de distintas maneras sobre las criaturas, así también la mediación única del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de cooperación, participada de la única fuente.

La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador.

63. La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo [189]. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre [190]. Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8,29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno.

64. La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera [191].

65. Mientas la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27), los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos. La Iglesia, meditando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de reverencia, entra más a fondo en el soberano misterio de la encarnación y se asemeja cada día más a su Esposo. Pues María, que por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe, cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre. La Iglesia, a su vez, glorificando a Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en la fe, en la esperanza y en la caridad y buscando y obedeciendo en todo la voluntad divina. Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres.

IV. El culto de la Santísima Virgen en la Iglesia

anuncdan66. María, ensalzada, por gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, por ser Madre santísima de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente honrada por la Iglesia con un culto especial. Y, ciertamente, desde los tiempos más antiguos, la Santísima Virgen es venerada con el título de «Madre de Dios», a cuyo amparo los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades [192]. Por este motivo, principalmente a partir del Concilio de Efeso, ha crecido maravillosamente el culto del Pueblo de Dios hacia María en veneración y en amor, en la invocación e imitación, de acuerdo con sus proféticas palabras: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso» (Lc1, 48-49). Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia., a pesar de ser enteramente singular, se distingue esencialmente del culto de adoración tributado al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, y lo favorece eficazmente, ya que las diversas formas de piedad hacia la Madre de Dios que la Iglesia ha venido aprobando dentro de los limites de la doctrina sana y ortodoxa, de acuerdo con las condiciones de tiempos y lugares y teniendo en cuenta el temperamento y manera de ser de los fieles, hacen que, al ser honrada la Madre, el Hijo, por razón del cual son todas las cosas (cf. Col 1, 15-16) y en el que plugo al Padre eterno «que habitase toda la plenitud» (Col 1,19), sea mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos.

67. El santo Concilio enseña de propósito esta doctrina católica y amonesta a la vez a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico; que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos[193]. Y exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la palabra divina a que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración cuanto de una excesiva mezquindad de alma al tratar de la singular dignidad de la Madre de Dios [194]. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y Doctores y de las liturgias de la Iglesia bajo la dirección del Magisterio, expliquen rectamente los oficios y los privilegios de la Santísima Virgen, que siempre tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad. En las expresiones o en las palabras eviten cuidadosamente todo aquello que pueda inducir a error a los hermanos separados o a cualesquiera otras personas acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia. Recuerden, finalmente, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.

V. María, signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo peregrinante de Dios

68. Mientras tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 P 3,10).

69. Es motivo de gran gozo y consuelo para este santo Concilio el que también entre los hermanos separados no falten quienes tributan el debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los Orientales, que concurren con impulso ferviente y ánimo devoto al culto de la siempre Virgen Madre de Dios [195]. Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad.

Todas y cada una de las cosas establecidas en esta Constitución dogmática han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, con la potestad apostólica que nos ha sido conferida por Cristo, juntamente con los venerables Padres, las aprobamos,

decretamos y estatuimos en el Espíritu Santo, y ordenamos que lo así decretado conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.

Roma, en San Pedro, día 21 de noviembre de 1964.

Yo, Pablo, Obispo de la Iglesia católica.

Fiesta de San Marcelino Champagnat


Te invitamos vivir este momento con calma. Regálate unos minutos a solas  o con tu familia o amigos y realiza lo siguiente.

  1. Lee el texto de la estampa digital.
  2. Contempla la imagen.
  3. Ve el video.
  4. Escribe un compromiso marista al estilo Champagnat.


 

Educar para Amar

Autoría: Compañía Teatral Catarsis

Letra:

Instruir bien a los jóvenes, no es gran cosa,
lo importante, lo esencial es enseñarles el amor.

Sin saber que estábamos naciendo,
sin saber cómo, por qué, ni cuándo.
Sin saber que estaba amaneciendo,
sin saber que todo iba cambiando,
sin saberlo, estábamos naciendo.

Educar, hermanos, nuestros jóvenes serán toda la vida lo que la educación que les demos haga de ellos. Y si bien sus padres nos los envían para que les enseñemos a leer, a escribir o para que los adentremos al estudio de las ciencias, nuestro Señor los envía para que les enseñemos a conocerlo. Porque el conocimiento de Dios es de tal importancia que Jesús vino al mundo tan sólo para proporcionárselo a los hombres.

Sin medir cuán dura era la carga,
sin medir en dónde estaba el riesgo,
sin medir el peso en nuestra espalda,
sin medir esfuerzos y sin miedos,
comenzamos una gran batalla.

Educar, hermanos, vamos a cultivar el campo de la Divina Providencia, y si tal labor nos llegara a parecer difícil, recordemos, por favor que es Dios quien la impone. Y no olvidemos nunca que la mejor lección es el ejemplo, seamos entonces el modelo de nuestra prédica. Educar, hermanos, dar el sentido de Dios y el sentido del hombre, respetar la libertad mediante el testimonio de nuestra propia vida.

Sin pensar quien era el adversario
caminamos un difícil tiempo,
sorprendimos una nueva historia,
descubrimos que éramos maestros,
perseguidos sin ninguna gloria.

Educar, hermanos, transmitir la visión cristiana del hombre y del mundo, de la historia, de la ética, desentrañar los signos de los tiempos, de este tiempo en el que el miedo, la desconfianza y la inseguridad del mañana impiden tener la visión de la esperanza. Ser testigos vivos de un mundo en el que la vida, la libertad y la dignidad del hombre se encuentran más amenazadas que nunca y que ofrecen cada vez más resistencia a escuchar y entender la Palabra de Dios.

Un buen día fuimos los hermanos
que llegaban a todos los pueblos
y sin más que nuestras propias manos,
con los niños colgando del cuello,
educamos casi sin saberlo.

Educar, hermanos, conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus necesidades, su soledad, su ignorancia, el mundo de la ausencia de Dios, el mundo del abandono de los jóvenes, el mundo de rivalidades y de guerras. Educar, hermanos, educar para amar, para comprender, para compartir, para la verdad, para la justicia, ¡no ha de ser imposible integrar la fe y la cultura en nuestro tiempo!

Educar es aprender a amarnos,
comprender los signos de los tiempos,
ser testigos vivos de la historia,
ser de Dios el mejor instrumento
y esperar,confiados, la victoria.


Sagrados Corazones


La espiritualidad en la que fue formado San Marcelino Champagnat promovía la contemplación de un hermoso misterio que, a su vez, nos invita a contemplar nuestra propia humanidad. Los Sagrados Corazones de Jesús y de María laten al ritmo de la voluntad del Padre. Hoy día sabemos que de los primeros sonidos que escucha el ser humano en el vientre materno son los latidos del corazón de su madre, dando el ritmo de la vida y el desarrollo del feto. En cada latido del corazón de María, Jesús conocía los gozos y los retos de la humanidad que estaba siendo ya redimida desde el vientre de nuestra Señora.

Te invitamos a leer, meditar y reflexionar sobre el artículo presentado en esta entrega. Transcribimos íntegramente un escrito de Mariano Varona, de quien podemos afirmar que el ritmo de su corazón es un ritmo marista.


LA UNIDAD JESÚS – MARÍA

Tomado de VARONA, M. (1988) Jesucristo en la Espirutalidad y Escritos de M. J. B. Champagnat. Tesina Universidad Gregoriana: Roma.

Nota: Los números entre paréntesis corresponden al número de carta de Champagnat en la clasificación de Paul Sester.

Este es uno de los temas cristológicos más recurrentes en las cartas de Marcelino, llama la atención la cantidad de veces que asocia estos dos nombres. Entre las principales expresiones con las que se refiere al tema encontramos:

“Estar en las manos de Jesús y María”

Manifiesta su actitud de confianza y abandono. Jesús y María serán su recurso habitual en los momentos de dificultad, incomprensión y desolación. La confianza en su apoyo y protección lo mantendrán sereno en momentos de prueba.

La carta escrita a Mons. de Pins en 1827, cuando la Congregación pasa por momentos difíciles, es una clara muestra de esta actitud:

“Jesús y María: en ellos confío, a pesar de estos tiempos de perversión” “Jesús y María serán siempre el firme apoyo de mi confianza” (6)

Lo mismo en las carta que escribe once años más tarde al Hno. Francisco para notificarle sobre los trámites para obtener la aprobación de la Congregación.

Sigue siendo muy cierto que estamos en las manos de Jesús y María. Récenles mis queridos hermanos, que se cumpla la santa voluntad de Dios y tratemos de no querer, sino lo que Dios quiere”(195)

“sigo teniendo gran confianza en Jesús y María. No dudo que lo conseguiremos, pero desconozco el momento. Lo que importa por encima de todo, es no hacer por nuestra parte sino lo que Dios quiere que hagamos” (197)

Son expresiones que revelan una actitud filial del abandono del pobre que no confía en sus propios medios, sino en la gracia de Dios. A Champagnat sólo le preocupa una cosa: el cumplimiento de la voluntad de Dios. No importa el cómo. Esta actitud es, a la vez, enseñanza para sus hermanos.

Al escribir al Hno. Marie Laurent le anima a sobrellevar sus pruebas confiándose en Jesús y María, su suerte no puede estar en mejor lugar que en el altar y en los brazos de la Madre:

Desde que la recibí no subo nunca al Santo Altar sin encomendarlo a Aquel en quien no se espera en vano, que puede hacernos remontar los mayores obstáculos. No desconfíe nunca de su salvación: está en buenas manos: María; ¿no es María su refugio y su buena Madre? Cuanto mayores son sus necesidades, más interesada está ella en correr a su ayuda”

La salvación no es obra de los hombres ni depende de su esfuerzo. María es Buena Madre que entrega a Cristo. Su función maternal sigue en los cristianos. Las necesidades del hijo mueven la compasión y la ayuda de la Madre.

“Jesús y María, el único tesoro”

En la experiencia de Champagnat, la confianza y el abandono en Jesús y María se fundamentan en la certeza de saber que ellos son la razón de ser de su propia vida y vocación.

Reconocer a Jesús (y María) como el único tesoro y recompensa es calar en el corazón mismo de la Vida Religiosa, en su cristocentrismo: Jesús es el sentido último de la consagración.

En la circular que escribe a los hermanos con motivo de las vacaciones de 1833 les dice:

“Deseo que Jesús y María sean siempre su único tesoro. Si en el camino de la perfección hacen tantos progresos como yo deseo, adelantarán mucho” (29)

Los progresos que realizaran en el camino de la perfección estarían en directa relación con el proceso de desprendimiento que permitirían enriquecerse con Jesús y María. Marcelino experimenta con crudeza la realidad de la cruz y aprende que para conseguir el tesoro es necesario venderlo todo y que para llegar a la intimidad con Jesús y María es necesaria la muerte de sí mismo. Por eso intenta que la virtud de sus hermanos se cimiente en principios evangélicos sólidos.

En 1837 escribe al Hno. Euthyme:

“Tenga ánimo, querido hermano, Jesús y María serán su recompensa; en las tentaciones llámelos en su ayuda, nunca permitirán que sucumba” (102)

Los hermanos percibían en la práctica cotidiana que el Instituto no poseía muchos bienes y propiedades, ni eran ricos en recursos humanos. Sin embargo, percibían también que la confianza y la seguridad eran depositadas en la posesión de Jesús y María. Así lo manifiesta Marcelino a Mons. Pompallier, en 1837:

“María, sí, sólo María es nuestra prosperidad, sin María no somos nada y con María lo tenemos todo, porque María tiene siempre a su adorable hijo o en sus brazos o en su corazón” (194)

 “Con Jesús y María siempre”

 Son varias las cartas que expresan el siguiente deseo: “¡Qué Jesús y María estén siempre con usted!”(24)

En la mentalidad de Champagnat, este deseo es lo mejor que puede ofrecer. Tener a Jesús y a María es tenerlo todo. A través de esta sencilla expresión confidencia a los hermanos el eje principal de su experiencia espiritual: la totalidad y la exclusividad de Dios en la propia vida, mediada por Jesús y María.

En Jesús y María se declara padre de los hermanos:

“les aseguro que seré siempre con sumo gusto su afectísimo padre en Jesús y María” (1)

“Tengo el honor de ser su afectísimo padre en Jesús y María” (14)

Les manifiesta su amor:

Diga muy querido amigo, diga a sus queridos colaboradores cuánto los aprecio, cuanto los amo en Jesús y María” (63)

“En unión con Jesús y María y en dulce desahogo de mi corazón les quiero decir, mis carísimos hermanos, cuánto los amo” (210)

Les entrega la Regla:

“Les ruego reciban esta Regla, que anhelan desde hace tanto tiempo, en los dulces nombres de Jesús y María” (89)

Da gracias por cuanto le sucede:

“He hecho el camino sin haber sufrido, como me temía, los dolores que experimento de ordinario, gracias sean dadas a Jesús y María” (67)

Ellos son su modelo, su refugio, su guía y su apoyo, su fuerza y su todo.

Dos lugares privilegiados: los Sagrados Corazones de Jesús y María

Una variante del tema Jesús María es la referencia a sus Sagrados Corazones. Champagnat vive en un momento de la historia, el Romanticismo, donde los aspectos afectivos de la religiosidad son especialmente considerados, y un período de la Iglesia donde la devoción al Sagrado Corazón de Jesús está en alza. El corazón es el simbolismo a través del cual se manifiesta la persona misma, su alma, su interior, el conjunto de sus sentimientos.

San Juan Eudes (1601- 1680) fue quien primero acuñó la idea de unir los Corazones de Jesús y María. Hablaba de un sólo corazón para dos personas: el Corazón de Jesús y María. Según su doctrina, el corazón de Jesús es el corazón de María: Cristo vive y reina plenamente en ella y María vive de la vida de Jesús. Cristo es el corazón del corazón de su Madre, lo más íntimo de ella y la razón de su vida.

Champagnat, hombre dotado de gran riqueza afectiva y con fuerte sentido práctico, simplifica la expresión y la adapta a la vida sencilla de los hermanos. Para él también ambos corazones deben ir unidos, ya que no entiende a María sino con Jesús en los brazos o en el corazón.

Habitualmente ocupa la fórmula de despedida “los dejo en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” dando una connotación de abandono filial, de confianza, de seguridad, de protección y cuidado.

Participa, asimismo, de la intuición eudista de los SSCC como lugar de contemplación.

En dos cartas sugiere esta pasividad contemplativa con una formulación muy sencilla:

“Los dejo a los dos en los Sagrados Corazones de Jesús y de María, ¡ya ve qué buenos lugares!”(19)

“Los dejo a todos en los Sagrados Corazones de Jesús y de María, ¡qué buenos lugares, se está bien!”(49)

Las cartas, a través de esta evocación de los SSCC, ayudan a descubrir líneas fuerza de la espiritualidad de Champagnat: sencillez como actitud filial, abandono en Jesús y María, confianza como actitud básica de relación espiritual.

La fórmula SSCC tiene diferentes matices y variaciones según los destinatarios y los estados afectivos de Marcelino:

“Un abrazo en los Sagrados Corazones de Jesús y María donde los dejo” (24) al Hno. Bartolomé.

“Tengo el honor de ser todo suyo en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” (70) al Sr. Douillet.

“A Dios mi querido amigo, ya sabe que los quiero a todos en los Sagrados Corazones” (204) al Hno. Víctor.

“Todo suyo en los Sagrados Corazones de Jesús y María. Tengo el honor de ser su afectísimo servidor” (174) al Hno. Francisco.

Los SSCC son, finalmente, el lugar ideal para entablar el diálogo y llegar a una comunión total. Así se los manifiesta a Mons. Benigne du Trousset d’ Hericourt, obispo de Autun:

“Le ruego, Monseñor, se sirva fijar el momento y el lugar de nuestra entrevista para que podamos arreglarlo todo y que, a partir de ahora, la Sociedad de María y Su Excelencia no tengan más que un solo corazón y un mismo espíritu en los Sagrados Corazones de Jesús y de María” (268).