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Don Chepo

H. JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ALANÍS.

+ 4 de noviembre de 2018

Reseña escrita por  el Hno. Carlos Martínez Lavín 

Don Chepo fue un hermano de exquisita sensibilidad fraterna. Nuestro H. Provincial, José Sánchez, anunció a los hermanos su encuentro con nuestro buen Padre Dios con estas palabras: “Esta mañana el H. José Luis Rodríguez Alanís, nuestro querido Chepito ha hecho su pascua al Padre. Nos unimos este domingo al agradecimiento por su vida, por su alegría, su ternura, su delicadeza, su cercanía y preocupación por los hermanos. Muchos hermanos y laicos hemos sido bendecidos por su presencia así como su familia. María lo ha recibido y junto con Ella intercede por nosotros. Celebremos su vida viviendo a plenitud como él”. Nuestro biografiado vio la luz en el mágico pueblo del Oro, en el Estado de México, un 10 de junio del año 1919. Fue el menor de una familia formada por ocho hermanos, sus Padres don José Trinidad, mecánico tornero de profesión y Doña María, hacendosa ama de casa y madre dedicada de tiempo completo al cuidado y educación de sus hijos, supieron inculcar en todos ellos sólidas virtudes cristianas y un profundo espíritu de familia. El color de su piel clara, que contrastaba con la tez oscura de su hermano mayor Jesús, hizo que fuera conocido en la familia desde pequeño con el sobrenombre cariñoso de “el güero”. Con el propósito de favorecer el que los hijos pudieran realizar estudios, la familia de don José Trinidad y doña María se trasladó a la ciudad de México, el primero que se adelantó fue Jesús, el hijo mayor, que los primeros años vivió con unas tías, luego le siguieron los papás y el resto de los hijos. Fue así como José Luis quedó inscrito en el Colegio Jalisco. Allí conoció a los hermanos maristas y allí sintió el llamado a ser uno de ellos. Seguramente que en esta decisión la admiración y apreció que sentía hacia su hermano mayor jugó un papel importante.

Perteneció Don Chepo a uno de los últimos grupos que para llevar adelante su formación marista tuvo que dejar familia, amigos, conocidos, lengua y costumbres y partir para Europa el año de 1931 cuando apenas acababa de cumplir los doce años. El día 30 de noviembre de ese año ingresó al Juniorado de Espira de l’Agly, en él permaneció casi cuatro años, el año de 1935 inició su postulantado en Pontós, enseguida vino el Noviciado nuevamente en Espira y un 9 de septiembre del año 1937 emitió sus primeros votos. Su formación se vio zarandeada y forjada por los avatares de la guerra civil española. Eran tiempos de fe profunda en que la confianza en Dios de formadores y formandos se sobrepuso a sobresaltos, peligros y amenazas y en que el seguimiento de Jesús se valoraba más que la conservación de la vida.
Prácticamente no tuvo Escolasticado, pues unos meses después lo encontramos de regreso en México, en la Perla Tapatía el año de 1938, con apenas dieciocho abriles como profesor de Primaria, primero en el Cervantes Colonias y luego en el Cervantes Centro. Fueron siete años en que entregó los mejores bríos de su juventud a los niños. Nunca destacó don Chepo como un brillante profesor, pero el déficit de cualidades pedagógicas lo compensaba ampliamente con un corazón que desbordaba simpatía, entrega, cariño por sus educandos. Si nos atenemos a la máxima de nuestro Fundador: “para educar hay que amar”, nuestro biografiado poseía el “tesoro”, la “perla”, que hace del educador alguien que deja huella en sus alumnos y que los marca de por vida.
El 22 de diciembre de 1942 le dijo a Dios, “contigo para siempre”, mediante la emisión de sus votos perpetuos. Para todos los que lo conocimos fue un hermano sin doblez, franco, directo, de una sola pieza; es cierto que cuando conversaba su lenguaje en ocasiones era titubeante, pero su lenguaje vital no dejaba espacio a dudas, ni a inseguridades, su consagración a Dios fue total y sin reservas.
Esta personalidad que conjugaba alegría, fraternidad, buen espíritu y una gran disponibilidad seguramente explica por qué su paso por las comunidades tuvo algo de fugaz. Fueron muchas las comunidades de las que formó parte a lo largo de su vida, alrededor de treinta, los Superiores sabían que podían contar con él cuando una comunidad pasaba por momentos de dificultad y cuando se requería el cambio de un hermano que viniera a mejorar la calidad de las relaciones humanas y a poner una nota de alegría y de optimismo.
Es así que lo encontramos sucesivamente en los siguientes colegios: Instituto Potosino, Instituto Valladolid, Instituto Queretano, Instituto Franco Mexicano, Centro Universitario México, Instituto Morelos, Escuela Tabasco, Instituto México de Toluca, Instituto México Primaria de la ciudad de México, Colegio México de Orizaba, Instituto Sahuayense, Instituto México Secundaria, en varios de estos colegios estuvo en varias ocasiones.
Estando en Monterrey añadió a su título de maestro de educación primaria, el título de Ingeniero Químico por una de las Universidades locales.
Allí también le tocó experimentar un menudo susto: un domingo en que hermanos lasallistas y maristas disfrutaban de un paseo vespertino y en que se distraían practicando el deporte de la cacería, fue rozado en el cuero cabelludo por una bala que escapó involuntariamente del arma de un cohermano; de inmediato fue trasladado al hospital, afortunadamente los daños aunque escandalosos por la profusión de sangre sólo habían sido epidérmicos.
Don Chepo fue tocado a lo largo de su vida por la inquietud misionera, en varias ocasiones solicitó a los superiores ser enviado a lugares de frontera y de periferia. Aunque su salud era frágil pudo ver cumplidos sus deseos, es así como lo encontramos en 1979 en la Misión de Guadalupe, en 1994 en la comunidad de inserción de Villa Victoria, en 1999 en Pico de Oro en Chiapas y poco tiempo después nuevamente en la Misión de Guadalupe. Su profundo amor a Jesús, María y Marcelino también encontraron proyección en casas de formación: el turbulento año de 1968 y los subsiguientes estuvo colaborando como formador en el Noviciado de Morelia.
Entre sus aficiones figuró el deporte, gustaba de practicar el futbol y el frontón. Cultivó una entrañable y tierna devoción a nuestra Buena Madre, todos los días, en el ocaso de su existencia rezaba cinco o seis rosarios. Nos dio ejemplo de hombre de oración que además de cumplir con las oraciones comunitarias dedicaba tiempos adicionales a conversar con el Señor.
Rebosaba amor a la vida, esto se hizo particularmente patente en la etapa de su atardecer, en las comunidades de Acoxpa y de Amores. Se interesaba por todo lo que ocurría en la Provincia, siempre se mostraba dispuesto para visitar comunidades vecinas, para participar en fiestas y celebraciones, para conversar sobre los más disímiles temas, para viajar lo mismo a la inauguración del teleférico de Aguascalientes que para visitar el Viejo Continente. Tenía detalles de gran finura para con todos: maestros, maestras, alumnos, alumnas, hermanos, familiares, amigos, conocidos. En él se cumplía aquello de aportar la “palabra y el gesto oportunos” que suplicamos en la  celebración eucarística. En ambas comunidades de Acoxpa y de Amores fue foco que irradiaba alegría y esperanza, derribaba barreras y tendía puentes, no tuvo dificultad en sobreponerse a la sordera que en los años finales de su existencia se fue agudizando.
Cultivó de manera particular relaciones afectuosas con sus familiares, se interesaba por sus problemas, los de sus coetáneos y los de cuñados, sobrinos, sobrinos nietos y bisnietos, les brindaba un consejo cariñoso, se dejaba querer y festejar; ellos a su vez le correspondían con cariño y afecto entrañables. Hacia su hermano Jesús, profesó una estima particular, eran muy diferentes: Chucho enérgico, emprendedor, organizado, pedagogo nato, de una personalidad que arrastraba e imponía, ocupó cargos importantes de responsabilidad en la Provincia; Chepo, cercano, espontáneo, sencillo, incondicional colaborador, excelente subdirector en numerosas comunidades; los dos de un gran corazón y de una gran coherencia de vida, nunca percibimos rivalidades entre ambos, cada quién era él mismo y cada quién dejaba al otro ser quien era.
En el festejo que los hermanos le hicimos al cumplir sus ochenta años de vida religiosa elevó la siguiente oración: “María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros tus hermanitos, ayúdanos a seguir a tu Hijo Jesús, camino, verdad y vida, para que así con tu ayuda y la del Espíritu Santo lleguemos al Padre que nos da la vida sin fin, y con paz y amor”.
Todos los hermanos de la Provincia, esperábamos poder celebrarle sus cien años de vida con una fiesta en que íbamos a echar la casa por la ventana. Sería el primer hermano centenario de la Provincia, su salud unos meses antes no presagiaba un declive.
Sin embargo en cuestión de dos semanas una neumonía que lo visitó le fue debilitando los pulmones. Tuvo que ser hospitalizado, el día anterior ya presintiendo que el fin estaba cerca todavía tuvo la ocurrencia de decir a uno de los hermanos que fue a visitarlo: “celebraré mis cien años con mi buen Padre Dios, y si quieren puede haber baile y mariachi”.
Descanse en paz Don Chepo, un hermano maravilloso que vivió su vocación de “hermano” a plenitud, supo “exagerar en fraternidad”, lo hizo de manera espontánea, le brotaba naturalmente hacerlo así; nos ha puesto el listón muy alto. Su vida fue un permanente llamado que nos recuerda la frase del Evangelio de San Juan: “en esto conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a nuestros hermanos” (1 Jn 3,14).